Debats 75 Invierno 2001/2002 - FINESTRA

En tercera persona

No buscó un espejo, que lo rehuyó como al diablo, buscó una foto suya. Tiempo atrás había hecho un descubrimiento: desde el espejo te miras, en la foto te ves. Buscó, pues, la foto, la encontró, se vio sin sentirse visto. Como un mirón. Lo necesitaba, tenía que decir quién era, qué hacía: se lo habían pedido, estaba obligado; pero una mezcla maldita de timidez y orgullo le impedía hablar de sí mismo. Qué alivio, pues, poderlo hacer en tercera persona. Verse como si viese a otro. Conocido, pero otro. Le sonrió. El otro (qué bien) no le sonrió a él. Aquel viejo. Aquel que, sencillamente, no era más que un viejo. Aunque, ¿sencillamente? No rara vez le había oído decir: “Tengo más años de los que quisiera tener ya y muchos menos de los que quisiera llegar a tener”. Y más de la mitad de los que tenía los había cumplido en Londres, adonde casi medio siglo atrás llegara un día desde España. Como un emigrante más. Uno que había perdido la guerra, y que en la postguerra había perdido. Le dolía (siempre le dolería, hay dolores incurables) el recuerdo de aquel viaje de emigrante. En cambio, siempre le alentaría, sobre todo a escribir (cada vez más, con fabulosa insensatez, cuantos más años tuviese), el recuerdo de sus primero pasos, vacilantes, ya en Londres, por un camino que no sabía adónde llevaba. El primer trabajo que tuvo allí, como un niño asustado de treinta y cinco años, fue el de friegaplatos en un restaurante del Soho.

Sabiéndose observado fregó con frenesí y una extraña ostentación, miren cómo relumbra esta cacerola, este caldero, ¿hay algo que relumbre más?, venga, más platos. Por la noche, no obstante, extenuado, gozaba de una pausa de paz: asomado a la ventana del cuchitril en que contando peniques se había atrevido por fin a meterse, fumaba intensamente pensando en su mujer, que, lejos, lejísimos, esperaba segundo a segundo su llamada, y en su hija, demasiado pequeña aún para esperar nada. Y mirando el cielo azulado por la noche encendida de la ciudad y oyendo la atención rumorosa, el respirar de la ciudad, decía:

– Hola, Londres.

Aquí me tienes, quería decir. Descansando ya un poco de su cansancio de Londres. Se acostaba por fin, dormía mal (demasiada esperanza) y por la mañana saltaba temprano del camastro para acudir a su trabajo. Luego, por la calle, cómo corría y qué pronto se aprendió sus estaciones de metro, claro es que ya vivo en Londres, y si no le dejaban correr, en la calle, por las escaleras del metro, qué alegría honda en aquel cabreo sentía, y perder un tren, bueno, eso era ya cabreo de vecino empadronado, de contribuyente, ¿hay derecho a esto?, voy a llegar tarde, ese maldito Paddy, ese cojo que se cree que friega mejor que nadie estará ya fregando…

Aquello, sin embargo, duró poco. Unos días. De repente, nunca supo exactamente por qué, le ascendieron a Secretario de Restaurante, empleo desconcertante (y difícil, y difícil) que él ni sabía que existía.

– Who, me? -dijo, un tanto mosca, y luego, desafiante-: Adelante, what the hell!

Tremendo, lo que se aprende (¡volando!) en una cocina del Soho.

El rezo, el rito

Cuarenta y siete años después, asomado en su casa a la ventana de su habitación, todas las noches le decía a un árbol de Londres, de su calle (sin hojas, escueto -un esbozo al carbón- o lleno de cobres y azules):

– Hola, árbol.

Sonará a mentira, pero es verdad. Se recogía hojas de aquéllas. Para escribir en ellas, decía. Luego no se atrevía. Por no estropearlas. Y en el árbol saludaba a Londres. No como cuando, aún aprendiz de emigrante, esperando, pidiendo al futuro, veía en la noche a su mujer. Aquello era un rezo, esto era un rito metido en la savia de la vida, la rutina. El viejo de la foto saludaba al árbol sin remedio y sin pensar: oyéndose, oía un eco de su remoto saludo esperanzado; oyéndole, el árbol movía el aire con las ramas -hola- y luego, aquietándose, se dormía. Y el viejo, a veces también y a veces no. Más veces no que sí. Tenía que soñar, tenía que escribir. Tenso, cerrados los ojos en la noche. Ni el que corre ni el que escribe pueden parar en seco, y lo que aún en pie él había estado escribiendo, ya en la cama seguía pidiéndole más (más, más, pensaba el mirón tímido, aunque orgulloso). Y qué iba a hacer él. Pues escribir más. Recordando, releyéndose, contándose en un suave duermevela palabras voladoras, o pájaros, contándose hasta no entender ya ni un pájaro y durmiéndose como un niño. Cierto, también podía ocurrir que, de sopetón, algo bueno o algo malo, una idea estupenda (y volátil, desde luego, ya desvaneciéndose) o el grito de un personaje aterrado (él mismo quizá) le despertase. Y a su mujer también.

– Duerme, duerme, no es nada.

Algo así le decía entonces ella, y tranquilizándole con chasquiditos de lengua se dormía otra vez. Él… si él pudiera se levantaría, pero qué iba a poder.

– ¿Quieres algo? Acuéstate, pobre.

Revolcándose en el insomnio entre bascas y suspiros, el pobre esperaba indignado la aparición de un día que retrocediendo por el tiempo se adentraba en una noche inacabable, y de repente despertaba oyendo a Blanca tocar apenas cacharros abajo, en la cocina. Entonces, extenuado ya al pisar la alfombra, se levantaba. Pero en fin, tanto si madrugaba, fresco, como si no, tarumba y ojeroso, poco después, por una escalera de madera que crujía como un velero viejo (pensaba pagado de sí mismo él, que jamás había oído crujir a un velero viejo), subía lentamente a su buhardilla, una buhardilla que hacía ya años se había inventado.

Hambres

Por hambre de soledad. Para escribir, que tanto tiempo sin escribir exige. Siempre la había tenido. En años inolvidables, duros como mendrugos, latente como una rabia latente. Sólo de tarde en tarde podía entonces engañarla con unas escurriduras de vida. Tenía primero que matar con ganas al hambre. A esa otra que sólo llaman hambre. Luego, recién renacido en Londres, claro que tuvo que seguir matándola, pero allí el hambre era menos inmortal, se dejaba matar más. Revivía, por supuesto, pero flojilla, desganada. Hasta olvidadiza. Hasta robar paréntesis de soledad le dejaba. De todos modos, en cuanto él podía hacerse con unas escurriduras de vida las aprovechaba. Mientras viajaba en metro, digamos. Buscando, yéndose aquí, allá. Sin perder segundo en aquel tiempo fugitivo y apretujando las palabras en cuadernitos, escribía. Mientras iba y venía, por ejemplo, al mercado de Brixton. Tal vez el viejo hizo guiños en su foto, deslumbrado por la llamarada del recuerdo: un cartel caribeño encendido a brochazos luminosos de frutos tropicales, retales, caras negras, risas negras. Allí, casi oculto entre puestos de vendedores, había un minicafetucho penumbroso con un banquito para dos o tres, dos o tres sillas, dos veladores… Lo regentaba un exiliado, ex camarero granadino del Soho, ayudado por una tremenda novia jamaicana que él tenía, y las cuentas las llevaba aquel que aún era Secretario de Restaurante. ¡Cuentas él!.

Cuentas y cuentos, cuentos de Calleja, lo que fuera, adelante, ya tenía con él a su mujer y a su niña, y… No, el chico aún no había llegado, pero ya venía, ¡pero basta!, protestaba el viejo de la foto (con un relampagueo tal de visajes que hizo visa­jear también al mirón tímido, aunque orgulloso), no más alusiones a actividades extraliterarias de esas que tanto citan los literatos para hacerse famosos: hilvanando empleos cada más corrientes, lo que sobre todo hizo año tras año fue traducir, ganarse la vida como buscador de palabras. Era un reflejo oblicuo de su más hondo afán.

Ya a los diez u once años tenía ese afán quizá. Sin ser jamás un niño prodigio. De eso se salvó. Qué mal escribía, qué mal. Pero escribía. Tenía esa afición. Algunos de aquellos papeles, su madre los guardó, y luego él, según fue creciendo, los tiró. Pero una pequeñez que siendo muy pequeño (claro) compuso y que se quedó perdida por los rincones del tiempo, él se la encontró cuando ya era viejo. Y, las cosas, le gustó. Algo de corte que le gustase ya le daba, era tal pequeñez… Pero le gustaba, qué le iba a hacer. Total, había escrito cuatro palabras debajo de un dibujo. Eso, primero pintó en su cuaderno (bastante bien, las cosas como sean) unas hojas y debajo escribió: estas hogas son verdes. Y se fue más satisfecho que nadie a la maestra con su obra. Cinco años tendría. Por ahí. Bien. Y así que la maestra vio aquello, le plantificó una j de sangre roja en la g y le dijo: “Hojas, burro, hojas”. Él, sin lágrimas y sin palabras, mirándola con ojos ardientes dijo entonces: “Hogas, puta, hogas”, y ochenta años después pudo leer y releer: estas hogas son verdes. Admi­rando tardíamente la frase. Al pan, pan, y nada más. Eco­nomía. “Aho­ra que soy viejo, quisiera pintar como un niño”, dijo una vez Picasso.

La Huida

Aún no se le había manifestado a aquel niño la locura de aquella vocación, pero ya quería tener una buhardilla. Seguramente sin conocer la palabra. No sabía el viejo cuándo la aprendió, pero sí que, hambre de soledad, él la tuvo siempre. Sin sentirse ermitaño. Jamás. ¿Cómo conocer al hombre sin conocer a hombres? Sólo que un día (suave, espeluznante recuerdo), algunos años antes de que le jubilaran, de pronto comprendió que no le quedaba demasiado tiempo. Como si paseando por ahí hubiese visto que se acercaba al horizonte: como si viese la barrera del futuro esperándole ya quieta. Se tambaleó, respiró hondo y dijo: “Yo lo que necesito es una buhardilla”. O sea que, naturalmente, ya entonces conocía la palabra. Desde hacía años, seguro. Tanto que, con su insaciable hambre de soledad, aprovechando todos los momentos libres que se encontraba y haciendo horas extra de sonámbulo, había conseguido y conseguía escribir. Y ade­más publicar. Cuen­tos, novelas. En España, en español. Un día u otro se enteraba sorprendido de que alguien había traducido algo de aquello. Al ruso, al rumano, al italiano… Un ave de paso, un mendigo, alguien así, pensaba él, alguien errante que me robaría un puñado de papeles y se los llevaría por esos rumbos de Dios a otras latitudes. Por lo demás, ya antes, cuando aún sobrevivía allá, en los años duros como mendrugos (e inolvidables, maldición, fabulosos, ¿cabrá añorar nada con tanta hondura como la adversidad?) había conseguido publicar algo. Po­co y humilde. So­bre vi­das humildes. Que luego iban a ser las únicas que de verdad le interesaban. Oh, no, convertirse en benefactor de mendigos le habría aburrido soberanamente. Un enigma. Pero ésa sería otra historia. Tenta­do­ra… Ni hablar, al grano, a la sorpresa del que viendo que se acercaba al horizonte dijo: “Yo lo que necesito es una buhardilla”. Y que ni corto ni perezoso se subió al tejado de su casa, llamó a unos trabajadores y les dijo:

¿Quieren ustedes por favor ayudarme a hacer aquí una buhardilla?, y los trabajadores dijeron sí señor, con mucho gusto. Y volando se la hicieron. Él había ido diciéndoles aquí vendría bien un ventanal ¿no?, y aquí otro y… Ah: y aquí la escalera. Tenía que ser una escalera de peldaños al aire y de madera, y todos, si señor, ya verá usted. Y vaya escalera que le hicieron; ya vieja al nacer, crujía como un velero viejo. Fantástica.

La buhardilla, en cambio, olía a nueva. Se sentaba él a escribir y al rato se levantaba agotado de no escribir. Allí no había tiempo que respirar. Era preciso añejar la buhardilla y, la verdad, en menos que se cuenta la añejaron. La mujer y la chica y el chico, más aún que él. Matándose a meterle antiguallas, toma el candil, cuélgalo de esa viga. Un candil de Villargordo del Cabriel que apagado alumbraba. Ayer. Veía uno ayer. Pues. ¿Y fotografías? Qué de años de gente suya antigua, de aquella que se retrataba una sola vez, sería, para el mañana, éste tiene que ser el tío Rigoberto, el que mataron en Filipinas. Además a la vejez de sus libros. Y la de la música que él se había recogido como cuando chico se recogía monedas en una hucha. Sólo que era ya tan suya que no le dejaba trabajar.

Trabajar. ¿Cómo? Un día se levantó, paró el disco rodeándose de silencio. Y sin querer miró por un ventanal. En la lejanía, sobre los tejados se perfilaba su viejo hospital. Lo miraba molesto. No, qué va a estar eso ahí ayer, dijo. Y se sentó y escribió. Había emigrado. Por fin. Adonde, alejándose hacia arriba, había querido emigrar siempre: a su soledad, ya se llamara el recinto destinado a guardarla buhardilla, desván o palomar.

El emigrante en su tierra

Estaba trasponiéndose. Viejo, qué viejo ya. En su vieja buhardilla. Había estado reuniendo papeles, libros, lápices. Como siempre, antes de emprender aquel viaje, ya tradicional. No se iría sin todo aquello, así una vez allá a lo mejor no lo tocase. Le calmaba llevárselo. Y bien, sentándose, cansado, había cerrado los ojos. Dos días después se iba con Blanca, pero ya él estaba viajando, no, ya había llegado y veía el mar, el faro… Entonces fue, en el sueño, cuando se dijo aquello: “Envejecer consiste en ir teniendo más, cada vez más, amigos muertos que amigos vivos”. Le había salido del alma. Espabiló dando un respingo, se levantó, paseó sin saberlo. “Envejecer consiste en ir teniendo…” Calla, dijo, y asomándose a la escalera fue a preguntarle a voces a su mujer por qué no se iban ya. Pero no se lo preguntó. Para qué.

Atado a una querencia de animal, ciega, irresistible, todos los años volvía a su tierra unas semanas. De vacaciones. Decía. Y, sí, por ejemplo, a nada sí que iba. Mal, qué interesante braza de pecho, pero no se estaba mal allí, en la caleta que él había descubierto en la costa, unos cuantos kilómetros al sur de Valencia. Ahora bien, esclavo de impulsos repentinos, tomando de pronto un tren que se tomaba por allí, en un rato se plantaba en la Estación del Norte. Cómo le estremecía siempre sentir a su alrededor el clamoreo de aquel gentío bajo la gran techumbre abovedada, cuántos encuentros, cuánto abrazo (bronco, mudo) con nadie, fantasmas de niebla tenue, sombras chinescas del pasado en el aire. Caminaba aturdido, chocaba con bultos humanos y decía sorry, coño y luego sonreía, y el otro también, y en un solo latido, el del taco/disculpa bilingüe, se le fundían todos sus latidos, los de aquí y los de allá, todo su tiempo. Y ya fuera de la estación caminaba sonriendo a la gente con vergüenza y esperanza, un tanto pardillo necesitado de saludos, pero nadie le conocía, era el más desconocido de todos, era un emigrante en su tierra y por eso bajaba los ojos. Por eso y para que no le desconocieran más. Y para no sentirse tan extraño, tan lejos de su tiempo en la ausencia de sus tranvías. Se los habían robado todos. Oh, sí, él había tenido un tranvía nº 9 llamado Cementerio y un tranvía nº 5 llamado Circunvalación y otro, nº 7, llamado Ruzafa-Mislata, y otro, el 2, llamado Malvarrosa, y un nº 6 llamado Ruzafa-Sagunto, y más, muchos más tranvías ya sólo suyos: de nadie. Dormida en la memoria, aquella vieja clave de cifras y palabras le orientaba llevándoselo a su tiempo, pero tenía que levantar los ojos, mirar, y entonces veía un autobús rojo nº (?) llamado… what, what?, y otro autobús rojo y más autobuses rojos con números y palabras de una cábala incomprensible, y precisamente huyendo de ella se metía de un salto en uno cualquiera de aquellos autobuses, pagaba no sabía cómo y poco después se sentía cada vez más extranjero en paisajes urbanos que no había visto nunca. Quisiera apearme en la próxima, por favor…

Pero estos semáforos, estas flores, estos surtidores de agua… Es como si estuviese en Copenhague, me siento pardillo en Copenhague, no, jamás, ¡taxi!, lléveme por favor a… a Valencia, bueno, ya usted me entiende. El taxista le entendía siempre.

Sin taxista, él solo, en el viaje que hizo a los dos días de descubrir soñando en qué consiste envejecer, llegó una tarde a aquel enredo de callejas y recodos. Donde aquel olor de ayer. Donde, doblando esquinas despacio, sabía paso a paso lo que le esperaba. A esto iba “de vacaciones” a su tierra. Por aquí pasábamos todos los días para… (un vahido). Para ir al instituto. Recuerdos sencillos, risas, cómo se ríen los muertos. Fernando, Adolfo R., Tulipán. Cerraba los ojos y les oía. La risa de uno, la del otro. Y la suya, caminando con ellos. Donde aquel olor de ayer. Saliendo del cual, llegaban a calles llenas de ruido y de prisa. Seguían hacia el milagro de adolescencia. Hacia el Luis Vives, de donde él, el viejo de la foto, saliera un día rumbo a un futuro que para aquellos fantasmas del alma era ya presente.

De pronto, aprovechando los últimos parpadeos de la luz verde, la gente corría estimulada por un trompeteo de cláxones furiosos, las palomas volaban y, bloody hell, ¡dónde están, dónde estáis! Se había quedado solo. Estatua. Ayer. Coches lanzados le afeitaban, ¡espabila, pasmao!, pardillos modernísimos sonreían. Y otro día, volviendo a escaparse de la caleta se fue, no sabía si con remordimiento o para ver cuánto le quedaba de vida (envejecer consiste en ir teniendo…), a reunirse con los amigos vivos. A todos los vio juntos en el café de siempre. En el barullo de abrazos se abrazó también con fantasmas efusivos, faltos de resuello. Sabía que le iba a pasar. Cada año detectaba uno nuevo, dos, no, basta. Poco a poco los fantasmas se evadían con modestia de fantasma, y los vivos, pues tomaban café. Una vez más pasó aquello y, como siempre, todos le encontraron muy bien a él y él les encontró muy bien a todos. Una fogata de mentiras estupendas que calentaba al corro de viejos con la verdad de la amistad. Otro café, por favor. O tila. Tira. La cháchara, ya tranquila la hoguera, empezó a crepitar en torno a noticias quizá interesantes para los demás, y una vez más en su vida él se encontró recitando en silencio aquello que aprendió de don Antonio el bueno: Tengo a mis amigos / en mi soledad, / cuando estoy con ellos, / ¡qué lejos están! Y le entró una prisa atroz por irse. No a la caleta. A la buhardilla. Para estar allí, topotón ya inmóvil, con ellos.

Y bien, en su buhardilla estaba ya. Una vez más, a punto de dormirse. Agotado. Le pasaba siempre: después de unas vacaciones necesitaba otras vacaciones para descansar. Las encontraba en el trabajo. Pero, de momento, lo primero o más bien lo irremediable era soñar. Días, noches, recién llegado, seguía allá, atrapado por el reencuentro con todos sus ayeres. El mirón tímido aunque orgulloso daba cabezadas agotado, ya con el bosquejo de autorretrato sin espejo casi terminado. Se había sentado y, mirándolo con ojos desesperadamente abiertos, le veía soñar. Y pestañeaba con lentos pestañeos: los ojos se le cerraban de sueño, se le abrían maravillados en el sueño del que se estaba viendo a sí mismo durmiéndose, cómodamente sentado en… ¿Dónde?, decía el mirón, ¿dónde?, ¡ah! y se durmió de un mazazo donde estaba sentado: en un banco de la Alameda. En el acto lo supo. La noche había cerrado. Noche clara, luna llena. El banco estaba debajo de un árbol y el airecillo movía las hojas, las hogas, y los retales de sombra y luna le hacían cosquillas en la cara. Sonreía. Y por el largo paseo caminaban dos fantasmas acercándosele. Por arte y gracia del sueño sabía que los fantasmas eran Adolfo R. y Tulipán. Fantasmas más amigos, difícil, difícil, Adolfo R. se reía de algo que Tulipán, serio, con su tremenda voz de bajo iba contándole, y andando, andando

Vicente Soto

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