Algunas aventuras textuales con Don Quijote y Pierre Menard: la traducción y lo flagrante de la transferencia 1
No quería componer otro Quijote –lo cual es fácil– sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes.
Jorge Luis Borges, "Pierre Menard, autor del Quijote"
How to write about Derrida and Freud? About translating Derrida and becoming and analyst? About transference to the professor and transference to the analyst? About resistance to analysis, which itself is so often compared to translation? Is there any resource of style that Derrida has not tapped before me, more rigorously, more powerfully?
Alan Bass, "The Double Game: An Introduction"
En la galería de los personajes de Borges, hay un hueco especialmente reservado para el "hombre de letras" –como autor, lector o traductor– dedicado a la construcción o a la restauración "definitiva" de un texto que pudiese eludir la inestabilidad de la interpretación y la interferencia del inconsciente. Como Ts'ui Pên, en "El jardín de los senderos que se bifurcan", que "todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto", el típico "hombre de letras" borgiano también es un asceta que renuncia a la vida que supuestamente se desarrolla fuera de los libros. Ts'ui Pên, como ya se sabe, "renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad" (Ficciones, pág. 109). En el mismo relato, el también ascético Stephen Albert se dedica íntegramente a la recuperación de la novela escrita por Ts'ui Pên. En sus propias palabras:
He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer el orden primordial, he traducido la obra entera. (pág. 114)
La lista de estos personajes también incluye varios autores "reales", como Flaubert, que "fue el primer Adán de una especie nueva: la del hombre de letras como sacerdote, como asceta y casi como mártir" (Discusión, pág. 145). O, como Nathaniel Hawthorne, que "pasaba el día escribiendo cuentos fantásticos" hasta convertirse en su propio prisionero: "Me he recluido; sin el menor propósito de hacerlo, sin la menor sospecha de que eso iba a ocurrirme" (Otras inquisiciones, pág. 73). En la soledad de su biblioteca, Averroes, que no sabía griego, se impuso el "arduo propósito" de interpretar el texto de Aristóteles como los ulemas habían interpretado el Alcorán (El Aleph, pág. 92). En otro texto, Borges admira la dedicación del propio Averroes:
Pocas cosas más bellas y más patéticas registrará la historia que esa consagración de un médico árabe a los pensamientos de un hombre de quien lo separaban catorce siglos [...] trabajaba sobre la traducción de una traducción. ("La Busca de Averroes", El Aleph, pág. 70)
En "El enigma de Edward Fitzgerald", Umar ben Ibrahin al-Khayyami lee, en la "soledad de su biblioteca", los textos de Plotino: "Es ateo, pero sabe interpretar de un modo ortodoxo los más arduos pasajes del Alcorán, porque todo hombre culto es un teólogo, y para serlo no es indispensable la fe" (Otras inquisiciones, pág. 110). Siete siglos más tarde, en Inglaterra, Edward Fitzgerald, "menos intelectual que Umar, pero acaso más sensible y más triste", consagra su vida a la traducción de la poesía de Umar:
Hacia 1854 le prestan una colección manuscrita de las composiciones de Umar [...] Fitzgerald vierte alguna al latín y entrevé la posibilidad de tejer con ellas un libro continuo y orgánico en cuyo principio estén las imágenes de la mañana, de la rosa y del ruiseñor y, al fin, las de la noche y la sepultura. A este propósito improbable y aun inverosímil, Fitzgerald consagra su vida de hombre indolente, solitario y maniático. (Idem., pág. 109)
No obstante, de entre todos estos personajes solitarios y excéntricos, Pierre Menard es quien mejor sintetiza el pathos del hombre de letras borgiano y su sueño imposible. Su historia –como escritor, lector y traductor– es ejemplar: dedicó su vida, sus esfuerzos y sus más aplicadas obsesiones a la repetición de la obra de otro que, además de autor consagrado, es nada más y nada menos que el padre del género que lo inmortalizó. Menard "dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores, con tenacidad corrigió y rasgó millares de páginas manuscritas" (Ficciones, pág. 54). No obstante, lo inexplicable en el enredo urdido por Borges es el motivo, el criterio de elección de Menard:
¿Por qué precisamente el Quijote? Dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable, pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste [...] "El Quijote", aclara Menard, "me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe: 'Ah, bear in mind this garden was enchanted!' o sin el Bateau ivre o el Ancient mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario". (Idem.)
El interés de Menard por el texto de Cervantes se expresa, en primer lugar, mediante una obsesión que aparentemente no coincide con sus influencias personales declaradas. A pesar de esta casi "indiferencia", sin embargo, se impone "el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea" (pág. 55). Para conseguir alcanzar este "propósito asombroso", imaginó un "método inicial" relativamente "sencillo":
Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. (págs. 52-53)
Según él mismo declara, la "facilidad" que vio en este método le llevó a descartarlo. Por otra parte, entre todos los "medios imposibles" que tuvo en cuenta para llevar a cabo su proyecto, éste le pareció "el menos interesante":
Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo dieciocho le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo –por consiguiente, menos interesante– que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (pág. 53)
Los "métodos" empleados por Menard para llegar al Quijote –convertirse en Cervantes o repetir a Cervantes sin dejar de ser Pierre Menard– que nos parecen "fantásticos" en este cuento de Borges son, en verdad, actuaciones, representaciones bien humoradas de los preceptos que el sentido común dicta para la lectura, la interpretación y la traducción de textos. Como sabemos, lo que el sentido común forjado en el logocentrismo y en una concepción cartesiana del sujeto prescribe es el "respeto" incondicional por las intenciones del autor y por su restauración, sin la intromisión no deseada del intérprete, del lector o del traductor en los contactos que establecen con los textos. Más aún, como crítico literario y lector/traductor invisible del Quijote, Menard "anticipa" otros lectores de Cervantes como, por ejemplo, el cervantista inglés Anthony Close, que también cree en la posibilidad de la repetición idéntica, en significados absolutamente correctos y definibles y en la inequívoca recuperación de las intenciones de un autor: "en la crítica literaria, como en todo lo demás, el diagnóstico de las intenciones puede a menudo ser correcto, y correcto de una forma demostrable". En su lectura, Close llega a reducir el Quijote a la siguiente afirmación:
Para Cervantes, el Quijote tenía el propósito (estético) de transformar la melancolía en risa y la alegría en una risa redoblada; también tenía el propósito (de perfeccionamiento) social de desprestigiar las novelas de caballerías. (pág. 32)
Basa su interpretación "incomparablemente correcta" en lo que considera ser la "intención" del autor, expresada en el prólogo donde Cervantes declara que su obra "no busca más que desvirtuar la autoridad y el espacio que, en el mundo y entre el pueblo, tienen los libros de caballerías" (pág. 72). Para Close, su interpretación del Quijote es la única "definitiva", la única con la que Cervantes estaría literalmente "de acuerdo". Como afirma, "para que sea correcta la descripción que el crítico hace de las intenciones del autor",
no es necesario se le haya presentado en términos similares pero sí que sea adecuada como red explicativa exacta sobre lo que éste escribió y que debe proporcionar la posibilidad de imaginar la conformidad del autor con esa descripción si ésta le hubiese sido transmitida. (pág. 34) 2
Como Pierre Menard, que rechaza "esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, Hamlet en la Cannebière o a Don Quijote en Wall Street" (pág. 51), Anthony Close condena las interpretaciones que "usan el Quijote como un ropero donde cuelgan las distintas preocupaciones (artísticas, morales, políticas y filosóficas) de los siglos XIX y XX" (pág. 19).
Pierre Menard apenas está interesado en la repetición del texto del Quijote pero él mismo es una repetición del Quijote como personaje. Principalmente, repite la "locura" del personaje de Cervantes que, como sabemos, de tanto "sumergirse" en la lectura de libros de caballerías, pasando días y noche en vela, "del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio" (pág. 8). Movido por una compulsión de hacer que la realidad repitiese los libros que leyó, Don Quijote se transforma en un caballero andante a la manera de Amadís de Gaula –él mismo una repetición de, entre otros, Tirant lo Blanc, Olivante de Laura, el italiano Orlando Furioso y, obviamente, Lancelot y los Caballeros de la Tabla Redonda. Como el Quijote, al que Michel Foucault califica como "el héroe de lo Mismo", Menard intenta recrear el texto escrito por Cervantes en el siglo XVII, repitiendo, de este modo, el proyecto del propio Quijote, descrito por Foucault como "una tentativa de transformar la realidad en un signo, en signo de que los signos del lenguaje se ajustan a las propias cosas" (pág. 48). Este proyecto "fantástico" que pretende apagar la différance, el intervalo insalvable entre significante y significado, es también, básicamente, el proyecto logocéntrico que todavía domina nuestra visión del mundo y, en consecuencia, nuestras concepciones sobre el texto, sobre la lectura y sobre la traducción.
La locura quijotesca implícita en las concepciones sobre el lenguaje de Pierre Menard trae consigo, no obstante, el germen de su propia desconstrucción3 En definitiva, como nos comenta el narrador de Borges, Menard era "conocido" exactamente por "su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él" (pág. 56). Por lo tanto, ¿cómo recuperar sus intenciones o sus significados intencionales? ¿Cómo interpretar, por ejemplo su afirmación de que el Quijote de Cervantes es "contingente e innecesario"? ¿Cómo explicar su obsesión por este texto? ¿Cómo explicarla especialmente a la luz de su declarado "desinterés" por la obra cumbre de Cervantes? Cómo explicar, en definitiva, que Pierre Menard sea "definido" precisamente por su deseo implícito, no por lo que hizo visiblemente sino por su obra "subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa" (pág. 51). En otras palabras, ¿por qué la meta de la lectura y de la traducción en cuanto restauración o recuperación de significados fijada por el logocentrismo queda siempre frustrada, siempre condenada al fracaso, como tan magistralmente ilustra Menard? Su proyecto de lectura/traducción ("No quería componer otro Quijote –lo cual es fácil– sino el Quijote" [pág.52]) es tan imposible y tan fantástico como el sueño de Don Quijote de hacer que la realidad se adaptase a los libros de caballerías. Tanto Menard como Don Quijote son derrotados precisamente por la arbitrariedad del signo y por la imposibilidad de la repetición total. Menard repite el "álgebra verbal" de Cervantes, palabra por palabra, línea por línea, pero no puede proteger "su" texto de las interferencias de otras lecturas y de otros lectores, pasados, presentes o futuros. Menard intenta recuperar los significados intencionales de Cervantes pero apenas consigue repetir sus palabras. Lo que Menard lee como significado original de Cervantes es leído por el narrador/crítico de Borges como algo diferente.
La huella de esa diferencia, de ese intervalo ineludible entre signo y cosa, entre significante y significado, así como la pasión y la locura despertadas por la lectura que Menard comparte con el Quijote y que son "inexplicables" dentro del cuento de Borges y dentro de las posibilidades de la lógica logocéntrica, son precisamente el objetivo central de este trabajo, que pretende comprender o problematizar los límites de esa diferencia y de la obsesión que parece unir a un sujeto –ya sea en posición de autor, lector o traductor– con un objeto-texto. A través del destino de Menard, personaje ejemplar de la dedicación y del amor por la lectura y la escritura, pretendo examinar aquello que también es el objetivo explícito de la desconstrucción de Derrida:
Desconstruir un texto es revelar cómo funciona como deseo, como una búsqueda de presencia y satisfacción que se ve perpetuamente aplazada. No se puede leer sin abrirse al deseo del lenguaje, a la búsqueda de aquello que permanece ausente y ajeno a sí mismo. Sin un cierto amor por el texto, ninguna lectura sería posible. En toda lectura, se produce un corps-à-corps entre el lector y el texto, una incorporación del deseo del lector al deseo del texto. (en Kearney, pág. 126)
Si la desconstrucción abre la posibilidad de examinar "cómo el texto funciona como deseo", en su encuentro con el psicoanálisis de Freud y, principalmente, con la relectura que Jacques Lacan propone del concepto freudiano de inconsciente, pretendo buscar diferentes explicaciones para lo "inexplicable" en el cuento de Borges.
Como explica Shoshana Felman, a partir de la relectura que Lacan emprende del texto freudiano, "el inconsciente [...] no es simplemente aquello que precisa ser leído, sino también, y quizás principalmente, aquello que lee":
El deseo inconsciente se manifiesta por la interpretación; la interpretación se manifiesta por el inconsciente. El inconsciente es un lector. Por tanto, el lector siempre es en algún nivel un analizando que "sabe lo que quiere decir", pero cuya interpretación está expuesta a recibir una lectura diferente de lo que quiere decir. (págs. 21-22)
Así, el descubrimiento del inconsciente es el "descubrimiento" por parte de Freud de que no hay forma de separar a quien lee de aquello que está siendo leído o "su lectura" "de aquello que lee en aquello que está siendo leído" (pág. 23). Lo "radical" del descubrimiento de Freud es precisamente la conclusión de que el inconsciente no puede ser una simple oposición del consciente, sino "algo que habla en relación con la diferencia desde el interior del discurso de la consciencia, que subvierte":
El inconsciente ya no es, por tanto –según la concepción tradicional– simplemente lo que está fuera de la consciencia, sino una división, Spaltung, una hendidura en el interior de la propia consciencia; el inconsciente ya no es la diferencia entre la consciencia y lo inconsciente, sino la diferencia inherente, irreductible entre la consciencia y ella misma. El inconsciente es, por tanto, la castración radical del dominio de la consciencia, que se revela para siempre incompleta, ilusoria y falsa. (pág. 57)
Si no podemos separar el discurso de la consciencia del inconsciente, ni a aquel que lee de aquello que está siendo leído, tampoco podemos separar la noción psicoanalítica de transferencia de la noción de interpretación ni de las nociones de escritura, lectura y traducción. Transferencia sería en este caso un nuevo nombre para ese "enamoramiento", esa "locura" que liga a un sujeto a un objeto-texto. Como tan bien ilustran Menard y el Quijote, leer siempre es una forma de estar apasionado. Oportunamente, John Forrester nos recuerda que los efectos de la lectura son, a menudo, muy similares a los provocados por el amor o por su opuesto, el odio: fascinación, suspense, identificación, repulsa, satisfacción, frustración, excitación (pág. 266). Como de otro modo nos muestra Lacan, transferencia y amor son indiferenciables:
Considero necesario defender la idea de la transferencia como algo que no puede distinguirse del amor, con la fórmula del sujeto que supuestamente sabe. No puedo dejar de subrayar la nueva resonancia que recibe esa noción de conocimiento.La persona en la que supongo que existe conocimiento adquiere así mi amor [...] Transferencia y amor [...] Insisto: es amor dirigido, dedicado al conocimiento. (En Scilicet 16; cit. Felman, pág. 86)
En este contexto, y especialmente en la relación que se establece entre lector/traductor y texto, el "conocimiento" se puede entender como aquello que el otro posee como marca que lo distingue, que lo emplaza en una posición privilegiada de autor y de autoridad y que le confiere el poder de seducirme como lectora. En definitiva, para nosotros "conocimiento" es aquello que deseo en el otro.4
Las implicaciones de esta "radicalización" de las concepciones freudianas de inconsciente y transferencia para una reflexión sobre la lectura y la traducción desconstruyen, en primer lugar, las relaciones tradicionalmente establecidas entre lectura y psicoanálisis. Por ejemplo, en la aplicación tradicional del psicoanálisis a la literatura, el crítico literario se atribuye el papel de analista –el "sujeto que supuestamente sabe"– que, como tal, pasa a detentar el poder mágico de interpretar. Como observa Anthony Wilden, uno de los "problemas" de la aplicación de los "enfoques psicoanalíticos y psicológicos" a la literatura es precisamente la pretendida "superioridad" del crítico que se comporta como "cazador de símbolos", "que sabe lo que el autor no sabe porque ha descubierto el secreto de su inconsciente y atribuye una posición privilegiada a su propio conocimiento" (Wilden, pág. 230; cit. Gallop, pág. 29). Como comenta Jane Gallop, superioridad y privilegio se asocian aquí al conocimiento y a su posesión. Al asumir la posición del analista y al situar su texto/autor en el diván del analizando, el crítico literario de vocación psicoanalítica también asume el lugar del "sujeto que supuestamente sabe", de aquel que supuestamente detenta el secreto del inconsciente y que sabe lo que el otro –el autor– no sabe. Por lo tanto, todo lector que parte de estas concepciones de lectura y psicoanálisis se presenta como "síntoma", una "transferencia en relación con el propio psicoanálisis", es decir, ve en el psicoanálisis "el lugar en el que reside el conocimiento del significado". Como sugiere Gallop, para cualquier lector que desarrolle esa relación transferencial con el psicoanálisis "el antídoto más potente es un análisis de los efectos de la transferencia en la lectura". Este análisis lo conducirá a reconocerse a sí mismo no sólo como "analista", sino fundamentalmente como "analizando" en ese proceso de lectura/psicoanálisis. Es decir, si lleva hasta sus últimas consecuencias la concepción freudiana del inconsciente, el lector apasionado por el psicoanálisis tendrá que aceptar el hecho de que posee un inconsciente-lector, que necesariamente se mezcla con aquello que lee, lo que relativiza y redefine su supuesto "dominio" de analista del texto/autor. Al concebir el texto como uno de los vértices de una relación transferencial, tendremos que aceptar que siempre introducirá algo en la situación o en la historia de aquel que se encuentra en el otro vértice. En otras palabras, mi interpretación del texto del otro siempre traerá algo que tiene que ser analizado en aquello que atribuyo a ese texto. Lo que yo leo en el texto del otro es, en último término, algo que quiero y necesito decir5. En este sentido, entendemos que leer o traducir un texto es también una forma de estar en análisis, una forma de estar sometido a la seducción y al deseo del otro, y de comunicar el deleite y el conflicto implicados en esa historia de amor.
Si esa relación se da dentro de una intriga de seducción y deseo, se da también dentro de una escena de violencia y lucha. Así, el contacto con el texto siempre implica un deseo de poseer un saber que se atribuye inicialmente a otra persona y a partir de este deseo nacen no sólo la lectura y la traducción, sino también la escritura. Para Michel Schneider,
escribir es siempre un proyecto arriesgado, investido de carga emocional, porque implica una relación transgresora, incluso incestuosa, con la lengua materna del que escribe [...] El que escribe escribe sobre su lengua materna y contra ella para hurtarse a la angustia de la influencia. (Schneider, pág. 285; cit. Lecercle, pág. 238)
Schneider llega a comparar los "síntomas" asociados a la escritura con los dolores de la gestación y del parto y con la depresión postparto. Escribir implica una violencia contra la propia lengua del escritor, "en defensa sádica contra la influencia de la madre –y existe un odio en ese tipo de relación", ya que cuando escribimos, "escribimos con palabras que pertenecen a otros" (idem). Esta conclusión completa una teoría de la relación del hablante con la lengua que Schneider resume en su fórmula antichomskiana: "no existe lenguaje innato". Como comenta Lecercle, el lenguaje del escritor, su lengua materna,
se adquiere no como un instrumento para la expresión de creencias y emociones, sino a través de una prohibición, una unión que es, al mismo tiempo, una separación (la lengua del escritor es, para éste, siempre ajena y a la par cercana) y repite la unión con la madre y su separación de ella. (Lecercle, pág. 238)
En consecuencia, la lengua no puede ser un "instrumento neutro" sino "una colección de palabras intensamente revestidas de deseo y odio, amor y culpa". La propia noción de estilo queda explicada como el "resultado de la separación y de la lucha entre una lengua propia y la lengua materna de la que el escritor se intenta apropiar" (idem).
En su teoría de la poesía y la lectura, Harold Bloom presenta una escena similar sobre el deseo y la violencia. Para este autor, "la influencia poética, en su primera fase, no se diferencia del amor" (pág. 12). La consecuencia más importante de su concepción de la influencia es que implica que "no existen textos, sino poco más que relaciones entre textos". Así,
Los poemas [...] no giran sobre "cosas" ni sobre "ellos mismos". Giran necesariamente sobre otros poemas. Un poema es una respuesta a un poema, de la misma forma que un poeta es una respuesta a otro poeta, o una persona a su padre o madre. El intento de escribir un poema lleva al poeta de vuelta a los orígenes de lo que un poema representó para él inicialmente y, por tanto, lleva al poeta hacia al principio del placer hasta el encuentro inicial y decisivo y de la respuesta que lo inició. (pág. 18)
Ya sea contra la madre, contra la lengua materna o contra el padre/precursor podemos ver en aquello que da inicio a la escritura un intento imposible por parte del escritor de convertirse en su propio origen, un origen, sin embargo, que inevitablemente se sitúa en la lectura de un texto ajeno. Si la escritura tiene su origen en una lectura, es decir, en el deseo de ocupar también el lugar autorial de aquel que considero un "sujeto que supuestamente sabe", la lectura se realiza bajo el signo de un deseo de apropiación. Si no existen los textos, sino poco más que relaciones entre textos, la relación de influencia, en los términos descritos por Bloom6, "gobierna la lectura de la misma forma que gobierna la escritura y la lectura es, por lo tanto, una desescritura de la misma forma que la escritura es una deslectura" (pág. 3). Como la escritura, la lectura es una forma de violencia y, en este caso, contra el propio texto/autor con el que el lector puede establecer una relación, ya que este texto/autor jamás será repetido o recuperado en un proceso impersonal o desinteresado y sí tomado, poseído y transformado por el deseo y por las circunstancias del lector que se mezcla con él.
No obstante, precisamente en el proceso de traducción se vuelve más clara y documentada la relación transferencial entre lector y texto. A diferencia del lector/poeta "fuerte" de Bloom , que intenta huir de la angustia de la influencia tratando de separarse del autor/texto que lo sedujo e imaginándose diferente y único, el traductor –al menos aparentemente– tiene que buscar la mayor similitud posible, la mayor fidelidad posible. Si en la intriga edípica concebida por Bloom para explicar la escritura y la lectura, los "vencedores" –los escritores y lectores "fuertes"– son aquellos que tienen la valentía de suponer que "borrarán" la huella del padre/precursor e inventarán un espacio y un estilo propios para sí mismos, el traductor que se pretende o se confiesa "fiel" e "invisible" es ejemplar en su franqueza y timidez ante el autor/padre, una franqueza y una timidez que parecen ser directamente proporcionales al tamaño del deseo de ocupar el lugar de ese precursor. El lector que se apasiona por un texto y se decide a traducirlo supuestamente sin permitirse implicarse en él, es decir, el traductor que, como Pierre Menard, aparentemente se impone el imposible sacrificio de su autoanulación parece, en verdad, estar huyendo del peso de su propia culpa. En último término, el traductor es exactamente aquel lector que se apropia del texto de otro y lo reescribe en otra lengua, dejando en él huellas de esa apropiación y de esa "traición"; un acto, sin embargo, que ha de mantenerse oculto, disimulado.
La ambivalencia del acto traductor –la apropiación del texto del otro y la "intención" declarada de fidelidad y de invisibilidad– convierte al traductor supuestamente fiel e invisible en un Edipo ejemplar, paralizado entre la culpa y el deseo, entre el acto consumado de la eliminación del padre/autor y la necesidad de ocultar ese acto y de continuar de incógnito7. Así, es en la traducción, más que en la lectura, donde se acentúan los contornos de la relación triangular que se establece entre un autor, un lector y el texto/objeto del deseo que los separa y los une. De nuevo, la ejemplaridad de Pierre Menard. Pierre Menard, el traductor totalmente fiel –que declara abiertamente su deseo de ser Cervantes y de ocupar su posición de autor legítimo del Quijote– no puede asumir el peso de ese deseo y declara su casi "desinterés" por el texto que alimenta sus vigilias obsesivas y la "obra invisible" que lo define y lo caracteriza. Esta ambivalencia, que no se puede explicar dentro del marco referencial confeccionado por el narrador de Borges, es exactamente la "locura" quijotesca del traductor –dividido entre el deseo de apropiación total y la intención consciente y declarada de fidelidad total, escindido entre las exigencias de la consciencia y las determinaciones del inconsciente. Como lector/traductor ejemplar de Cervantes, ¿qué estaría expresando Menard en su elección textual? ¿Por qué, entre tantos capítulos, Menard tendría que haber decidido "reescribir" los que escogió? ¿De qué "conocimientos" desearía Menard apropiarse? En otras palabras, ¿cuál sería la catarsis, la "terapia", que Menard encuentra en el texto de Cervantes? Tal vez podamos presentar algunas respuestas a partir de una lectura motivada (o, quién sabe, perversa) de esos capítulos. Dicho de otro modo, tal y como nos informa el propio Borges en el prólogo de Ficciones, la "atribución de textos" a Menard "no es demasiado divertida pero no es arbitraria; es un diagrama de su historia mental" (págs. 11-12).
El capítulo IX de la primera parte, el primero de los que Menard intenta repetir, versa precisamente sobre la cuestión del "origen" del Quijote, un capítulo que, en cierto modo, "desautoriza" a Cervantes como el "verdadero" autor del libro. Como nos informa el narrador, utilizando un recurso convencional de las novelas de caballerías, la historia de Don Quijote sólo puede ser contada en español debido a su obcecada "inclinación" por la lectura, ya que, al tener la oportunidad de comprar "unos cuadernos y papeles viejos" en Toledo, pagó a un morisco para que los tradujese del árabe –"fielmente" y "sin eliminar ni añadir nada"– y para que, finalmente, pudiese leer la Historia de Don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, "historiador árabe" (pág. 146). El origen del Quijote, además de sufrir una traducción que el narrador no puede cotejar, también se asocia a una "mentira". Como el autor del "manuscrito" era árabe y "siendo muy propio de los de esa nación ser mentirosos" y, por lo tanto, al ser también su traductor árabe, ése es un origen en el que nadie puede confiar (idem). Al imaginar que ese “mismo” fragmento tenga como autor al obcecado Pierre Menard, podemos atribuirle una “intención” subliminal y “subterránea” de eliminar a Cervantes del escenario de su texto. Es decir, al “desestabilizar” la “procedencia” del original (que ya es una traducción probablemente “infiel” o “mentirosa”) Menard, en la posición de “escritor” de ese capítulo, no sólo envuelve en una nebulosa su origen sino también su autoría. Entonces, ¿quién sería el verdadero autor del Quijote? En definitiva, ¿habrá un único autor? Aún más, si el propio narrador de Cervantes se confiesa no más que un ávido lector del texto del Quijote, ¿cómo separar claramente las fronteras entre la lectura y la escritura? De la misma forma que el autor es un lector o un traductor árabe, ¿el lector no podría ser también un autor?
Una de las consecuencias de la relación transferencial que une al lector/traductor al texto que le concierne es precisamente esa “confusión” en relación con la paternidad del significado. ¿Quién habrá realmente dicho qué? Al apropiarse del texto del otro, Menard, como traductor/lector ejemplar, necesita ver envuelto en dudas el origen de lo que escribe. Al menos en ese lugar nebuloso y en ese tiempo determinado en el que se localizan la lectura y la reescritura impulsadas por Menard, él y Cervantes se vuelven “iguales”. En una “confesión” de John Forrester, traductor de Lacan, podemos buscar alguna explicación para ese gesto menardiano:
Los problemas resultantes de haber sido traductor de Lacan en inglés en estos últimos años me habían llevado a experimentar un fenómeno intelectual singular: una incapacidad para recordar si ciertas ideas, al estar expresadas en inglés, son “mías”, mi versión de las ideas de Lacan o mi traducción del francés de Lacan. Tal vez no sea sorprendente que esto me haya sucedido a mí, ya que el acto de traducción tiene como meta específica la represión del original y la sustitución de éste por una réplica exacta. (Nota 5, pág. 373)
Así, podemos imaginar que Menard “reprime” el texto de Cervantes (que, al atribuir el origen del Quijote a una traducción no excesivamente digna de confianza, simplemente estaría utilizando un recurso de las novelas de caballerías) y lo “sustituye” por “otro” que, a pesar de ser verbalmente idéntico al original, revela, por su parte, una tentativa de cortar el vínculo autorial de Cervantes con el texto que lo consagró. Como nos enseña el narrador de “Pierre Menard”, incluso la repetición total de las palabras del otro no repite lo que éste dijo; lo que se dice, como tan magistralmente enseña Borges, nunca se agarra a las palabras usadas para decirlo.8
Ese movimiento de expulsión del autor original también se puede detectar en las declaraciones conscientes de Pierre Menard. Como informa el narrador, después de algunas tentativas, nuestro novelista invisible desiste del deseo de ser Cervantes y se decide a adoptar un segundo método para “llegar al Quijote”:
Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo –por consiguiente, menos interesante– que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Menard. (Esa convicción [...] le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje –Cervantes– pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.) (pág. 53)
En ese proyecto de escritura, Cervantes pierde su lugar de autor y se transforma en un personaje que Menard decide no incluir en “su” texto, un movimiento estratégico que anticipa, inclusive, el postestructuralismo explícitamente parricida de Roland Barthes9. Subliminalmente y bajo la protección de una cómoda invisibilidad, se decreta la muerte del autor Cervantes para que un “nuevo” texto pueda surgir.
El capítulo XXXVIII de la primera parte, otro fragmento de Cervantes “repetido” por Menard, trata sobre la “preeminencia de las armas sobre las letras” en el famoso discurso de Don Quijote sobre esas dos formas de interferir en el mundo. Don Quijote, que abandona los libros y el “vicio” de la lectura de las novelas de caballerías y parte en busca de la acción y de aventuras “reales”, defiende las armas en detrimento de las letras. “¿Qué podría estar intentando decir Pierre Menard bajo la superficie de la “literalidad” de ese capítulo? En ese enfrentamiento entre las armas y las letras, ¿de qué lado estaría Menard? Como el Quijote, que deja la supuesta pasividad de la lectura en busca de la acción y de la interferencia “efectiva” en el mundo “real”, también Menard deja su obra “visible” y se aventura en lo “invisible” en un intento de convertirse en el autor de uno de los textos más leídos de todos los tiempos. Sin embargo, especialmente, como el Quijote, que orienta su discurso sobre las armas y las letras por su interés en convertirse en “eminente” y poderoso, también Menard, aunque no lo declare explícitamente, alimenta un deseo de poder y de fama. La dificultad de alcanzar tal “eminencia” a través de las letras queda expresada en las palabras del Quijote que también sientan como un guante al proyecto fantástico de Menard: “alcanzar a alguno ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, vaguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras cosas a éstas adherentes” (pág. 448).
Después de haber abandonado su biblioteca y la supuesta “pasividad” de la posición de lector y haber pasado a la acción mediante la intención de imitar a los caballeros andantes de los tiempos gloriosos de la ficción, Don Quijote se queja de los tiempos ingratos en los que vive y que le pueden poner dificultades en su camino hacia la fama:
[...] estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si al pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo. (pág. 450)
Esa “edad tan detestable, ese anacronismo, ese “haber llegado tarde” para convertirse en aquello que le inspira la pasión por la lectura pertenecen sobre todo a Pierre Menard, que no desea simplemente “repetir” un personaje seductor sino ser Miguel de Cervantes, el autor del Quijote y padre de la novela moderna, que puede sobresalir, como nos muestra su biografía, tanto en las letras como en las armas. Así, podemos imaginar que como “autor” de ese fragmento de Cervantes, Menard se identifica con “su” personaje. Como el Quijote, como el lector “débil” que “enloquece” de pasión por el texto que lee pero que necesariamente se encuentra a este lado y a la sombra de aquello que desea emular, también Menard se “ve” como un efebo torpe y anacrónico con respecto al gran padre-autor que lo cautivó. En este sentido, tanto Menard como Don Quijote encarnan el drama de la relación transferencial que se insinúa entre lector y texto, entre lectura y escritura, traducción y original. En el centro de ese drama, existe un lector o un traductor que inevitablemente llega tarde para ser el autor del texto que desea y que, por la misma razón, necesita intentar usurpar su codiciado lugar de autor en un acto parricida por el que paga con una culpa a menudo “invisible” y con una declaración explícita de auto-desaparición y de respeto ilimitado al original.
Estas cuestiones se retoman y se desarrollan en el capítulo XXII de la segunda parte, que Pierre Menard “quizás” haya repetido parcialmente10 . En este fragmento de la novela, sorprendemos a Don Quijote en contacto directo con su deseo de ser celebrado como un gran caballero andante. Se trata exactamente del capítulo en el que Don Quijote entra en la Cueva de Montesinos, un “abismo” oscuro donde se puede dormir profundamente y soñar. En este lugar propicio al sueño y, por lo tanto, también al abandono de la autocensura (que podríamos imaginar como bella metáfora del inconsciente) a Don Quijote le es posible hacer realidad su fantasía más ansiada. Es decir, es posible que Don Quijote sea celebrado como un gran y valeroso caballero andante exactamente como aquellos personajes que tanto admira. En el siguiente capítulo, cuando el Quijote les cuenta a sus compañeros la aventuras que vivió en la cueva, se nos informa de que Montesinos, guardián de este lugar privilegiado, saludó a nuestro héroe como “aquel gran caballero de quien tantas cosas tiene profetizado el sabio Merlín” y que
Con mayores ventajas que en los pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos desencantados; que las grandes hazañas para grandes hombres están guardadas. (pág. 201)
Sólo en el sueño y en el abismo del inconsciente puede Don Quijote recuperar su anacronismo de lector “débil” y la amplia distancia que lo separa de los textos que los habían seducido; sólo en el sueño puede Don Quijote resucitar el pasado y incluso, quién sabe, “desencantar” a los muertos. En definitiva, sólo en el sueño puede Don Quijote dejar de ser lector y convertirse no sólo en semejante de sus personajes favoritos sino también en autor/controlador de sus destinos. Este paseo que transporta a Don Quijote desde la autoría a la lectura y desde el deseo al hacerse realidad de éste está apropiadamente guiado por un hombre de letras borgiano “famoso estudiante y muy aficionado a leer libros de caballerías” y que “con mucha voluntad le pondría a la boca de la mesma cueva”. Su “profesión era ser humanista” y se dedicaba a “componer libros”, “todos de gran provecho y no menos entretenimiento para la república”. Incluso un breve análisis de las “obras” de este “humanista” nos revela el próximo parentesco con Pierre Menard. Uno de sus libros publicados tiene como título “Metamorfóseos, u Ovidio español”,
de invención nueva y rara; porque en él, imitando a Ovidio, a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño de Vecinguerra, de Córdoba, quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapiés, en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías, metáforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseñan a un mismo punto. (pág. 191)
Otro libro menardiano de su autoría lleva el título de “Suplemento a Virgilio Polidoro” y “trata de la invención de las cosas” y es de “grande erudición y estudio”,
a causa que las cosas que dejó de decir Polidoro de gran sustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a Virgilio declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y yo lo declaro al pie de la letra, y lo autorizo con más de veinticinco autores: porque vea vuesa merced si he trabajado bien, y si ha de ser útil el tal libro a todo el mundo. (idem.)
El “humanista”, como Menard y el Quijote, es un hombre de letras “débil”, un lector que, incluso al transformarse en autor, no tiene el poder de seducción de un “sujeto que supuestamente sabe”. Como los textos que componen la “obra visible” de Pierre Menard11 , los libros publicados por nuestro “humanista” se sitúan a la sombra o en la estela de autores de mayor talla. Como los textos “visibles” de Menard, sus libros no despiertan el deseo de ningún lector y, por lo tanto, no invisten al autor de la autoridad que éste desea en sus precursores. Y son precisamente esa autoridad y ese poder de seducción lo que el Quijote, guiado por el “humanista”, encuentra en el abismo profundo de la cueva, donde llega a ser reconocido por aquéllos a los que había aprendido a reverenciar. De la misma forma, en el refugio de su obra “invisible” y “subterránea”, en el refugio de su lectura/traducción del Quijote, Menard vive la fantasía de convertirse en un gran autor.
Finalmente, el otro capítulo XXII (del que Pierre Menard también podría haber escrito un “fragmento”) aborda más explícitamente la cuestión del poder del lenguaje que destaca la incursión de nuestro simbolista en el texto de Cervantes. En esta parte en concreto, el lenguaje parece ganar el debate más amplio sobre las armas y las letras, sobre cuál de estos modos de actuar en la realidad es más efectivo, que se desarrolla en el Quijote y tanto parece interesar a Menard. El capítulo incluye el episodio del encuentro de Don Quijote con los galeotes, cuya oscura “jerga” ha de ser traducida al español de los que no están presos en galeras. Don Quijote aprende, por ejemplo, que el lenguaje tiene el poder de condenar o absolver a una persona “porque dicen ... que tantas letras tiene un no como un sí, y [...] que está en su lengua su vida o su muerte, y no en la de los testigos y probanzas” (pág. 261). La cuestión del poder del lenguaje, “reescrita” por Menard, de nuevo nos trae a colación su vieja obsesión sobre la escritura y la autoría. En el mismo capítulo, hay otra parte que también podría haber interesado en gran medida a Pierre Menard; uno de los galeotes, uno de los condenados, es Ginés de Pasamonte, personaje que constituye una referencia directa a un autor “real” (Gerónimo de Pasamonte) que tiene al menos dos puntos importantes en común con Cervantes. Además de haber servido como soldado en varias campañas en las que participó Cervantes, también fue autor de una autobiografía: Vida y trabajos de Gerónimo de Pasamonte . Y es exactamente este autor/soldado, que recuerda a Cervantes y que sabe manejar igualmente bien tanto las armas como las letras, pudiendo interferir efectivamente en el orden de las cosas, quien se muestra como poco más que un galeote, un condenado, pero el más peligroso y traicionero de todos ellos. Al ser liberado por Sancho y Don Quijote, que se compadecen de él, Pasamonte lidera a sus compañeros de galeras en un ataque a pedradas contra aquéllos que les habían devuelto la libertad. En esta escena, que describe la “relación” entre lector (Don Quijote) y autor (Ginés de Pasamonte), la libertad y la probidad son atributos del lector mientras que al autor le están reservados la prisión, los trabajos forzados y la falta de carácter. Al mismo tiempo, el lector ennoblecido y generoso acaba violentamente “expulsado” y “traicionado” por ese autor “degrado”.
De este modo, al contrario de la escena “oficial” que dramatiza los votos de respeto y fidelidad que el lector/traductor promete al autor del texto que lo seduce (tan bien representada en el cuento de Borges y en la biografía de Pierre Menard) se puede entrever una trama compleja de deseos y afectos ambivalentes que delimitan los contornos de esa lucha sin tregua entre lector y texto, o entre traductor y autor (que no se puede explicar dentro de los límites rígidos de la lógica del logocentrismo, una lógica que, a pesar de ser tan defensiva y estar tan obcecada por la posibilidad de contactos neutros e impersonales, deja transpirar la violencia de la pasión asociada a quien teoriza, en la propia jerga que se utiliza para reflexionar sobre lectura y traducción). En definitiva, si la interpretación pudiese producirse dentro de los dictados deseados por esa lógica supuestamente inhumana, ¿por qué la teorización producida por ésta se ha interesado tanto por las nociones de fidelidad, respeto y traición? El “hombre de letras”, personaje borgiano ejemplar, aislado en la supuesta asepsia de su biblioteca y recluido en su dedicación ascética al trabajo textual, jamás podrá ser el estudioso pasivo e inocuo que finge ser. Bajo esa máscara, esconde el rostro, las armas y, sobre todo, el deseo de un luchador quijotesco, empeñado en la conquista de su invisible sueño autorial.
© Rosemary Arrojo
© Traducción: Javier Mallo Martínez
NOTAS
1 Parte de las reflexiones que aquí se presentan sobre Don Quijote y "Pierre Menard, autor del Quijote" se desarrolló tomando como base el material originalmente presentado en mi tesis doctoral Jorge Luis Borges's Labyrinths and J. Guimarães Rosa's Sertão: Images of Reality as Text, defendida en la Johns Hopkins University (Baltimore, EE.UU.) en mayo de 1984. El presente trabajo amplía y profundiza algunas reflexiones sobre "Pierre Menard" ya publicadas en Arrojo 1984 y 1986 (especialmente, en el capítulo II).
2 Estas concepciones "menardianas" de lectura y de la relación que supuestamente se establece entre lector y autor son, con mínimas variaciones, un tópico de las reflexiones de la mayoría de los teóricos y críticos que se dedican al examen de la cuestión de la "intencionalidad". Un teórico típico de esta tendencia es E. D. Hirsch, cuyo trabajo ha defendido repetidamente la posibilidad y la necesidad de la recuperación de las intenciones del autor en el proceso de la lectura. Según este autor, "el intérprete tiene que adoptar [...] la actitud del autor (su disposición para asumir ciertos actos intencionales) para que pueda "tener en mente" los mismos objetos intencionales del autor con algún grado de probabilidad" (nota 29, pág. 238). Otro defensor acérrimo de la posibilidad de "repetir" al autor es Wayne Booth, para el que "la comprensión es la meta, el proceso y el resultado siempre que una mente consigue entrar en otra mente o siempre que una mente consigue incorporar cualquier parte de otra mente" (pág. 262; cit. Culler, pág. 177).
3 Para una examen detallado sobre las concepciones lingüísticas de Pierre Menard, véase Arrojo 1996, especialmente págs. 13-18.
4 A propósito de las posibles relaciones entre interpretación, traducción y transferencia, véase también mis "Sobre Interpretação e Ascetismo: Algumas Reflexões em torno e a partir da Transferência" (Tradução, Descontruçao e Psicanálise, págs. 91-114), "Laplanche Traduz o Pai da Psicanálise: As Principais Cenas de um Romance Familiar" (págs. 35-50) y "Desconstrução, Psicanálise e o Ensino de Tradução" (págs. 133-150).
5 En La interpretación de los sueños, Freud desarrolla explícitamente este argumento, proporcionando como ejemplo la relación que se estableció entre Edipo rey, la obra de Sófocles, y sus espectadores hace dos milenios. Según Freud, el destino de Edipo "nos toca simplemente porque podría haber sido el nuestro, porque, antes de nacer, el oráculo lanzó sobre nosotros esa misma maldición que lanzó sobre él. Es posible que fuéramos destinados a orientar los primeros impulsos sexuales hacia nuestras madres y los primeros impulsos de odio y violencia a nuestros padres; nuestros sueños nos convencen de que eso es verdadero" (pág. 29).
6 A este respecto véase Harold Bloom, especialmente págs. 1-26, y Arrojo, "Sobre Interpretação e Ascetismo: Algumas Reflexões em torno e a partir da Transferência" (Tradução, Descontruçao e Psicanálise, págs. 91-114)
7 Sobre esta ambivalencia, véase también Arrojo, "Laplanche Traduz o Pai da Psicanálise: As Principais Cenas de um Romance Familiar" (Tradução, Descontruçao e Psicanálise, págs. 35-50).
8 Me refiero a los “fragmentos” del Quijote, de Cervantes y de Menard, “verbalmente idénticos”, pero radicalmente diferentes, que el narrador compara en aquel punto que es, sin duda, el culmen del relato
9 Me refiero específicamente a las declaraciones de “muerte del autor” que ocupan una importante parte de la teorización de la fase postestructuralista de Roland Barthes. Véase su ensayo “De la obra al texto”.
10 Según el narrador, la obra “invisible” de Menard, “tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte [...] y un fragmento del capítulo veintidós” (pág. 51). Como no queda claro si el capítulo veintidós de Menard pertenece a la primera o a la segunda parte del Quijote, propongo que lo imaginemos como autor de ambos. Por otra parte, se trata de una propuesta inspirada por el propio narrador de Borges que lee un capítulo del Quijote, no repetido por Menard, como si hubiese sido escrito por éste:
al hojear el capítulo XXVI –nunca ensayado por él– reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde: Where a malignant and a turbaned Turk... (pág. 53-54)
11 Me refiero, por ejemplo, a los siguientes elementos que componen su obra “visible”:
Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard, propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación. Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso volumen” [...] que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas y apresuradas. Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.