Literatura y vacío: cuando la tradución no existe
Introducción
El preclaro y longevo escritor alemán Ernst Jünger, en su libro El autor y la escritura, tiene un aforismo magistral, si bien de oblicuo sentido, claramente aprovechable para nuestra tesis: Con el progresivo deterioro de la cultura, podría llegarse a temer la gloria póstuma como producto de una selección negativa 1. Se trata, sin duda, de una corrosiva afirmación donde prima tanto lo sardónico de lo explícito, cuanto la tristeza de lo implícito. Es, también, el punto de vista de quien contempla el mundo –literario, en este caso– desde una posición de normalidad, aunque con este concepto no me esté refiriendo a una normalidad histórica, política o social (no experimentadas de modo pleno por el autor), sino a una normalidad nacional y lingüística. Jünger habla, en primer término, de la lengua alemana y de la literatura escrita en ella; y, en segundo, de un orden de cosas cuya balanza se decanta hacia el lado del economicismo, con la consiguiente pérdida de referentes estéticos en beneficio del mero interés: la noción de Arte –con mayúscula– se habría olvidado y el único móvil de las capas intelectuales sería la suma y la cantidad. Poco importaría, pues, la memoria histórica y, dentro de ella, la tradición artístico-literaria de un pueblo, a pesar de que éste siguiera conservando los rasgos principales de su conformación como entidad independiente.
Pero no obstante lo trágico de la sentencia, y de su lamentable constatación en los tiempos actuales, aún cabe un grado más de alienación y extrañamiento si de literaturas y pervivencias nos ocupamos, llegándose al mismo con un ligero cambio de tres palabras. En vez de “una selección negativa”, leamos “un listado” y habremos sintetizado, mediante inducción, la historia literaria de las lenguas minorizadas y marginadas de Europa. En este supuesto, los principales términos de los cuales hace uso Jünger en su adagio (“deterioro”, “cultura” o “gloria póstuma”) mutan radicalmente su sentido primario y asumen una concreción histórica delimitadísima que, en función de las vicisitudes de los Estados donde cada lengua es hablada, pueden adquirir diferentes características. La cultura, por tanto, en esta nueva dimensión, deja de ser un ente abstracto o la materialización escrita –si literaria– de un Volkgeist particular y se convierte en simple creación de una determinada comunidad histórica. La gloria póstuma, por su parte, deviene término no recargado universalmente con los oropeles de la excelencia y se transforma en memoria puntual de ese mismo núcleo comunitario. Por último, el deterioro pierde sus referencias apocalípticas para ceñirse a un conglomerado de hechos, geográfica y cronológicamente mensurables, que lo convierten en genocidio cultural elaborado o no sin premura.
En pocas palabras: hay siempre un momento en las literaturas nacionales donde tiene lugar un punto de inflexión o, de terciarse mal las cosas, de no retorno a partir del cual la reflexión desde el interior de la misma literatura, o la investigación desde fuera de su marco geográfico, siglos después, asume todas las características del vacío documental, de una ausencia que en sí misma es puro significado, el anverso del silencio de las voces y, con otro término acuñado por Jünger, el nacimiento de una tradición emboscada. Se entraría así en la literatura de la presunción. Todo es presumible de que haya ocurrido o, más hipotético aún, todo ha de ser presumible si hubiera ocurrido. Las elaboradas periodizaciones surgen de seguido como estructuras hábiles de captación de cualquier tipo de escrito, sea del género que sea y tenga la calidad que tenga. A partir de este instante, toma cuerpo un canon inexistente con anterioridad y cuya carta de naturaleza viene dada por su misma inconsistencia, por su característica de posibilidad única frente a la nada. Cuando académica y socialmente es aceptada esta tradición literaria –o cultural, en un sentido mucho mayor–, es tiempo de su asunción a todos los niveles y la selección realizada mediante un listado, las más de las veces exhaustivo, se convierte en Historia.
A grandes rasgos, la casi totalidad de las literaturas europeas (exceptuando las escritas en las lenguas de las naciones-Estado –España, Francia, Inglaterra...) podría responder a este esquema de pérdidas continuas o de recreación, cuasi ex nihilo, de lo propio. Es importante delimitar, por tanto, a la hora de enfrentarnos cara a cara con aquello cuyo nombre tiene posibilidades de ser “literatura”, dónde se halla la tradición o dónde el testimonio y qué han de abarcar estos términos cuando se trata de “literaturas” en lenguas minorizadas. Voy a proponer, para el estudio de las normas literarias2 , cuatro tipos de evolución de una determinada variedad lingüística y el modo en que tal tradición se recoge en nuestros días.
Desde el siglo XIX, Europa en primer lugar y, sucesivamente, las diferentes partes del mundo ven cómo lenguas, postergadas de los circuitos de alta cultura, se reivindican. Diferentes motivos mueven a ello y en nuestra nación sería descabellado generalizar, pues a pesar de que la crítica vea en la atracción romántica por todo lo popular este elemento de pinza con el cultivo cada vez mayor de las lenguas minorizadas, los casos son muy diversos y no siempre atienden a este patrón. Así, aunque el asturiano conozca en el siglo XIX cierta riqueza –sobre todo en cantidad 3 – de poetas, las filiaciones propiamente románticas de la obra lírica de éstos son ecos lejanos de los prístinos sones. Y no sólo como elementos de comunicación válidos en todos los ámbitos, sino sobre todo como instrumentos de creciente prestigio y distinción.
El paulatino declive
De los siglos XVI y XVIII, no se conserva ningún texto en lengua aragonesa. De no conocer la historia de Aragón, semejaría que la lengua hubiera devenido extinta o, como poco, arrinconada en lugares de difícil acceso, alejada del tráfico diario de seres y enseres, proscrita, casi, de la cultura dominante. Pero no ocurrió así. La lengua fue perdiendo vitalidad de modo paulatino hasta quedar confinada en el Alto Aragón, con la ciudad de Huesca como frontera al sur y los Pirineos como tope septentrional. De una extensión que cubrió, además de todo el territorio aragonés, amplias zonas del occidente de Valencia, se ha llegado a un salpicado de pequeñas localidades (muchas de ellas destruidas o abandonadas) donde pervive, mal que bien, la única lengua propia de Aragón. La literatura siguió las mismas vicisitudes del código lingüístico en el cual se escribía y aunque nunca gozó de un honroso predicamento, era oficial en la Corona de Aragón y vehicular de toda la población aragonesa (más parte de la valenciana) en los siglos XIII y XIV al menos4 De este modo, si bien en la Edad Media hay un corpus representativo de obras históricas, jurídicas, narrativas... en un aragonés castellanizado en exceso, el siglo XV sólo nos da un poeta de nombre conocido (y además con un único poema), Eximén Aznáriz, y el siglo XVI ni siquiera eso. Tan sólo en el siglo XVII podemos hallar cuatro poetas, con seis poemas entre todos, para volver a desaparecer toda presencia autoral en el setecientos. Del siglo XIX, restan algunos textos de valor estético nulo. Se ha de esperar, pues, al siglo XX para hallar un mayor cultivo y, en fechas más cercanas a nosotros, una puesta al día –dentro de sus límites– de la literatura en aragonés. El investigador de ésta se sitúa ante un panorama, huelga decirlo, bastante diferente del que dispone de una tradición amplia y continuada. De entrada, se ha de descartar el hallazgo de nuevos textos representativos (o de nuevos textos sin más, aunque de vez en cuando se descubra alguno) que llene lagunas o pueda tomarse como pretexto. En la literatura aragonesa, no hay tradición, no hay malditos, no hay ignorados, no hay revisitaciones, no hay enfrentamientos, no hay tendencias. Lo que he dado en llamar literatura del testimonio 5 podría muy bien hacerse extensible a toda la historia de lo escrito en aragonés. La cuestión central es, por tanto, cómo se enhebra esta literatura o, en otro grado, si es necesario enhebrarla y con qué aperos. Para ello contamos con un dato básico: los textos conservados pertenecen a la época en que fueron escritos, tanto en su forma como en su contenido; sin embargo, no son eslabones, sino fragmentos de un rompecabezas al que le faltan casi la totalidad de las partes. Pero a diferencia de una literatura mayoritaria, donde en todo lo que se escribe hay un prurito teleológico y de imbricación con el pasado, con la aragonesa no hay medios de hacerlo; cuando se ha intentado, se ha realizado mediante el estudio de una temática a lo largo del tiempo, no como las influencias de ésta desde un momento dado.
Un caso similar al aragonés en Europa es el del córnico. Lengua céltica extinta en el siglo XVIII, conoció a partir de la segunda mitad del siglo XX una revitalización enorme, con la publicación de métodos de aprendizaje, vocabularios, diccionarios, así como alguna novela y revistas literarias. En la actualidad, varias asociaciones la cultivan y son alrededor de cien neohablantes sus usuarios (aunque ya es materna para alguno). En córnico nunca hubo un tejido social de hablantes donde la lengua pudiera gestar una tradición literaria rica, ni por consiguiente las mínimas estructuras de mantenimiento estético. Otros han de ser los modos de enfrentarse a ella.
El estrecho margen
Cuando Rosalía de Castro, y con ella el reducido grupo de poetas que inició el movimiento conocido como Rexurdimento, comenzó a escribir en gallego a finales del siglo XIX, la tradición trovadoresca era completamente desconocida (en el sentido estricto del término). A lo cual se ha de aunar la escasez casi absoluta de textos literarios en gallego antes del ochocientos. De este modo, al publicarse el año 1853 una obra clave en el movimiento de revitalización cultural y lingüística de Galicia, como fue A gaita gallega, libro próximo al método para el aprendizaje de la lengua, la situación de la que se partía era muy similar a la Renaxedura del aragonés, pero esta algo más de cien años después: los autores pensaban que escribían en una lengua nunca antes dotada de literatura culta y sólo transmitida por las capas más desfavorecidas de la población.
Salto ahora a la otra parte de la península ibérica seiscientos años antes. El año 1213, en Mureth, las tropas aragoneso-occitanas fueron derrotadas por las francesas. A partir de ese momento la lengua occitana y su cultura irían decayendo de haber sido origen absoluto de la cultura europea moderna a convertirse en mero patois para los ponchuts del norte. Sin embargo, esa mítica y mística trovadoresca alcanzó hasta el siglo XV, teniendo su cumbre en el poeta valenciano Ausias March. En esos últimos siglos medievales (en que la Corona de Aragón perdería también su independencia política frente a España), el sentimiento de unidad de todas las tierras occitanas (Provenza, Cataluña, Aragón, Gascuña, Lenguadoc, Valencia, Baleares...) era el mismo del que en el siglo XIX, con el inicio de la Renaixença lingüística y cultural6, van a tener los poetas precursores de la misma. Y este espíritu se mantuvo (y aún se mantiene entre algunos colectivos) hasta entrado el siglo XX. Desde el conocimiento de la unidad cultural (por encima de veleidades políticas) pueden entenderse las siguientes palabras de Carles Campros: En quatren lòc, las minoritats que son despartidas en mai que d’un Estat mèstre. D’aquesta darrièra mena son la minoritat celtica d’Irlanda e de Bretanha, la minoritat ucraniana partida entre Russia, Polónia, Romània, Checò-Eslovàquia, e la minoritat occitana: Occitània de França e Catalonha d’Espanha7 . Sin embargo, el año 1934 un grupo de intelectuales catalanes secesionistas firmaron un manifiesto en el que cortaban todo vínculo con Occitania debido al lastre que suponía un territorio tan inmenso para sus ínfulas regionalistas. En este sentido, el secesionismo valenciano de la segunda mitad del siglo XX sólo sería un reflejo de lo ocurrido más al norte unas décadas antes.
Acabo con la digresión, que no es tal: en ciertas literaturas hay un estrecho margen (o una zona oscura) donde la elección por un determinado marco geográfico, político y cultural es absolutamente arbitraria. Así, el ejemplo gallego y el catalán son paradigmáticos a la hora del estudio de una lengua en un espacio dado: el primero por cuanto, a pesar de los larguísimos siglos de vacío, no asume la identidad lingüística con Portugal para trasladar unos kilómetros más abajo el peso literario renacentista, barroco o neoclásico que en esa determinada variedad del galaico-portugués no se alcanzó. El segundo por exactamente lo contrario: por romper una tradición cultural homogénea y que se estaba construyendo de forma moderna, con lo que esto significa de lagunas, de ausencia y de continuidad cultural.
El vacío
¿Podemos pensar en una lengua que no necesite del vehículo literario, es decir, de una de las funciones jakobsonianas del lenguaje para su subsistencia? ¿O cuándo esta literatura, de iniciar su andar, tomaría vuelo y se haría con un lugar en el mundo? La Edad Media, para quienes hablamos lenguas románicas como maternas (haya sido su historia de apogeo, mantenimiento o colapso), es el tiempo donde se hinca el mito. Por ello, datar el primer documento de una lengua, encontrar sus primeras palabras identificables como propias y trazar a partir de éstas su genealogía, es un hecho recurrente en la (re)construcción de un corpus literario. No obstante, esa primera datación –las más de las veces ajena a cualquier baremo estético– viene a ser casi paralela a los primeros textos, o fragmentos de los mismos, con un contenido lírico o narrativo claramente identificable. Así, las Glosas emilianenses, primer documento conservado en lengua aragonesa (y no en español o castellano, como desde las altas instancias del Estado –español– se quiso hacer creer, atentando contra la verdad) no son muy anteriores a la primera recopilación histórica conocida: el Liber Regum. Puede haber un siglo o menos de diferencia, pero esto es circunstancial: se halla el primer texto no como arca perdida, sino como puesta en marcha de una cadena. En ésta, dependiendo de la fortuna –y deshagamos aquí un mito– no de la lengua como vehículo de cultura, ni de la vinculación de sus hablantes a ella, sino de la suerte de la entidad política que la tiene como suya, podrá haber más o menos vacíos, eslabones más o menos largos, cortos o deformados, ausencias destacables y abandono de las pautas que regían la cultura europea, pero el ente lingüístico no perderá su carta de naturaleza.
Ahora bien –y volviendo a la pregunta que formulaba al inicio de esta sección–, ¿qué sucede si no hay continuidad? ¿Qué ocurre cuando no hay ni siquiera voluntad de ella? Que el historiador de la literatura reconstruye con estructura ya no lineal, sino con modelo de holograma. Una muestra, en la Europa occidental, de lo que digo se halla en el manx, lengua céltica, también ya extinta, con cierta producción escrita desde el siglo XVIII, aunque circunscrita a baladas y villancicos de extracción popular y traducciones de textos religiosos. Uno de los primeros historiadores de esta literatura, Arthur William Moore, publicó el año 1887 un artículo donde pasaba revista a la misma8: lo que encontramos en él es la mera enumeración de los textos conservados, con referencia a su lugar de publicación y ciertos comentarios sobre la temática. Quizá sea ésta la muestra más clara de cuanto vengo diciendo: la gloria a través de la enumeración. Sin embargo, a pesar de salirnos de la Europa estricta, quiero traer también a colación el chinook, un pidgin hablado en la costa noroeste de Norteamérica, en los Estados de Oregón, Washington y la Columbia británica (este último perteneciente a Canadá). Se trata de una lengua nacida del contacto de los europeos (de lengua inglesa y francesa) con las naciones indias de aquella zona y como tal no sólo puede recorrerse su plasmación escrita, sino también su misma historia. Así, de antes de 1800 no se conserva ninguna referencia al chinook (como pidgin, pues éste es el nombre también de una nación india conocida ahora como chinookan) y tan sólo de diarios de los colonos o comerciantes europeos se puede ir bosquejando la creación del corpus léxico9 y su origen. Fue una lengua surgida de la necesidad de comunicación, del intercambio, y posiblemente llegó a ser la vehicular de unas mil cien personas, algunas de las cuales pudieron incluso tenerla como materna. Fue en torno a este núcleo humano que se escribieron –y se imprimieron– o se recopilaron las primeras muestras –en sentido muy amplio– literarias. De finales del siglo XIX, datan varios escritos religiosos de Myron Eells10; de principios del siglo XX, un libro de canciones de Laura B. Downey Bartlett 11 y una recopilación de narrativa oral de Melville Jacobs12. Empero, diversos documentos sobre la lengua van salpicando los más diversos textos históricos o literarios en inglés desde mediados del siglo XIX: Theodore Winthrop introdujo en su novela The Canoe and the Saddle13 , escrita a raíz de una estancia en Oregón en 1853, varios fragmentos en chinook e igualmente se conservan traducciones del Padre nuestro de estas mismas fechas. Paradójico o no, reconstruyamos desde donde reconstruyamos una literatura, surgen en ella como primer gemido obras relacionadas con la religiosidad cristiana o con el modo de transmitirla: diccionarios y oraciones parace haber sido la summa lingüística de todos los usuarios de determinados idiomas. No obstante, en el último cuarto del siglo XX, algunos contadísimos autores, como Terry Glavin14 o Duane Pasco15 , han publicado textos literarios en chinook.
Hasta aquí, he resumido muy concisamente lo que podrían ser las líneas maestras de una Historia de la Literatura Chinook. Ahora bien, hay un dato muy claro y muy importante: nadie tiene voluntad, entre el centenar de hablantes actuales, de crear una historia cohesionada ni, sobre todo, teleológica. Los escritores o estudiosos contemporáneos –canadienses y estadounidenses– se encuentran con una cantidad de textos escasísima y donde sobreabundan los métodos y los vocabularios, que proliferaron hasta el primer tercio del siglo XX. La misma lengua, aparte de no ser materna de nadie ya no dispone de una cohesión territorial y todos sus hablantes se hallan dispersos. ¿A quién puede interesar la creación de una literatura chinook contemporánea? Y no digo que me oponga a tal cosa (todo lo contrario, incluso). Y aquí nos damos de bruces con un tema mucho más espinoso: ¿Dónde deberíamos situar la historia de la literatura chinook? Quiero decir, ¿en qué paradigma cultural? ¿En el europeo o en el indio americano? ¿Tal vez en uno mestizo como la propia lengua? Miremos los textos escritos: reflejo de la cristiandad de sacerdotes europeos (y por europeo entiendo todo hombre o mujer de raza blanca); observemos por el contrario los recogidos de tradición oral: reflejo de la cultura de diversas naciones indias que utilizaron en mayor o menor grado el chinook. ¿Quizá en una lengua de tan pocos usuarios sería necesario o conveniente realizar una división entre hablantes europeos de chinook, hablantes indios y las creaciones de cada uno de estos dos grupos? ¿Acaso cualquier producto cultural proveniente del mestizaje –que se haya producido además sin mestizaje racial mayoritario– es objeto de conflicto al no poder someterse a las estructuras de organización humanas (no estoy hablando de ley natural alguna) y, por tanto, es producto de segunda categoría?
Planteo, es probable, demasiadas preguntas, pero puedo muy bien resumirlas en una afirmación categórica: toda lengua sin Estado es una lengua en proceso de extinción; y su literatura siempre será subsidiaria de aquella que disponga de ese requisito. Si a esto se añade además la heterogeneidad de la comunidad hablante y la imposibilidad de una conjunción de sus productos culturales dentro de un marco cultural determinado, tenemos el caso de este pidgin norteamericano.
La ficción
¿Y si la lengua ni existe ni está hecha con voluntad, como el esperanto o el ido, de uso humano? Una larguísima novela y una space-opera cinematográfica se hallan en el origen del actual florecer de varias lenguas creadas artificialmente: El Señor de los Anillos de J.R.R.Tolkien y el filme Star Trek (Robert Wise, 1979). En el interior de cada una de las diégesis de estas obras, hay culturas no humanas que hablan diversas lenguas, teniendo poesía, relatos e incluso textos próximos a la categoría de sagrados. Esos idiomas (incontables en ambas, aunque algunos con mayor relevancia) han saltado de la ficción y actualmente son objeto de estudio, así como de cultivo literario y a ellos se van traduciendo diversos textos (desde la Biblia a Shakespeare). Entra dentro de toda lógica que las producciones sean absolutamente circunstanciales y que la estructura de gueto revista otras características diferentes de las aplicables a lenguas no artificiales.
Aportaciones para un estudio de las manifestaciones literarias
Tras esta exposición, en mayor o menor grado comparativa, deseo introducir una serie de aportaciones, procedentes de los datos ofrecidos y de la reflexión sobre los mismos, con cierta voluntad de crear polémica. Éstos irán de afirmaciones aceptadas ya mayoritariamente a derivaciones posiblemente sin tanta aceptación.
En primer lugar, y aunque pueda parecer extemporáneo, lo que muestra el estudio de las corrientes literarias de cada lengua europea, el flujo de intelectuales y escritores asimilando moldes nacidos en diversas regiones de Europa y con variedades lingüísticas alejadas o no de la de cada uno de ellos, es que hay un patrón de cultura nacional (y por “nacional” quiero decir “europeo”, pues entiendo que este calificativo se ha quedado grande para definir a las nacionalidades o a las naciones-Estado actuales) que rige la vida literaria de las lenguas de Europa. En este momento, la idea de “poesía” o de “novela” es la misma en un australiano, en un afrikaner, en un irlandés o en un estonio. Todos ellos se reconocen en un modelo único, que tiene su origen en las sagas o los cantares de gesta y de ahí prosigue una andadura de sobra conocida (Renacimiento, Barroco...). Hay unos parámetros inamovibles, transmitidos a través de la enseñanza y el estudio de la tradición, que el europeo, nacido en Roma, Boston o Windhoek, identifica con los de su historia. Así, a pesar de no ser una idea generalizada, quizá ni planteada sino en ciertos sectores de la población europea de América, de África y de Oceanía, la comunidad cultural en la que se inscriben nuestras lenguas minoritarias es de esta amplitud.
Y lo afirmo porque, cuando van apareciendo los movimientos de reivindicación lingüística, éstos toman su arraigo, de forma general, en esos grandes vectores culturales, intentando acoplar a los mismos su, con frecuencia demasiado raquítica, producción original. Se sabe dónde prende cada unas de esas grandes estructuras que son los periodos artísticos (la Edad Media en el occitano; el Renacimiento en el toscano; el Barroco en el español; el Neoclasicismo en el francés; el Romanticismo en el alemán; la época contemporánea en el inglés estadounidense...) y a partir de estas, en su momento, innovaciones el resto de países y/o lenguas crean su propio modo de entender ese espíritu cultural común. Cuando se da el caso de que en alguna lengua no se halla, este hecho no se ve como normal, sino como una falta y de ahí el bautizar a grandes períodos de las historias literarias europeas como “decadencia” (el gallego, el catalán, el occitano...). Pero esto no quiere decir que se reestructuren los sistemas de clasificación o periodización, sino que hay vacíos imposibles de colmar. No obstante, hasta tal punto está interiorizada la clasificación histórica que se ha llegado a rechazar el término “decadencia” por considerarlo un cajón de sastre y volver a revisitar los textos en esas lenguas que tienen un aire al espíritu de los tiempos en que fueron escritos. Es decir, la reivindicación lingüística se afirma desde la europeidad.
Siendo Europa el espacio donde la Literatura (escrita con mayúscula) ha adoptado mayores concretizaciones, no se ha de suponer, empero, que todas ellas estén revestidas de excelencias semejantes. Propongo, pues, el siguiente esquema a la hora de estudiar las manifestaciones literarias europeas:
Manifestaciones literarias europeas (Literatura - Norma Literaria - Paraliteratura - Oralidad (literaria))
Por “literatura”, en sentido amplio, todos entendemos una misma serie de cosas: géneros determinados (poesía, narrativa, ensayo...), espacios precisos (editoriales, teatros, bibliotecas...) y continuidad histórica. Cualquier lengua estatal dispone de su literatura y ésta se ha incardinado a la perfección con el grupo social a cuyo calor se fue gestando. “Norma literaria” (vid. nota 2), por el contrario, muestra ya una carencia: el de las lenguas europeas minorizadas que no han podido imbricarse, por circunstancias históricas precisas (derrotas militares en la mayor parte de los casos), en las capas cultas o detentadoras del poder lingüístico. Por “Paraliteratura” entiendo los mensajes escritos fuera del corpus literario generalmente entendido (cartas, testamentos, informes, traducciones...). Por último, “Oralidad” es la totalidad de la tradición literaria intangible no transmitida por la escritura (el paréntesis “literaria” haría, con todo, referencia a la esta tradición oral vertida a la escritura no necesariamente como recopilación o transcripción, sino con la necesidad de pasar a la escritura el registro mismo de lo oral). Estos cuatro niveles se dan en Europa, con la salvedad importante de que pueden utilizarse también para tener una cierta perspectiva del desarrollo literario de lenguas no europeas y de cómo los pueblos que las hablan se acoplan en cierto modo al vector emanado desde Europa sobre qué sea o no literario. En este sentido, el riesgo de que lo europeo sea lo universal (lo contrario se olvida con demasiada frecuencia) es muy grande y lo que son modelos distintos puede convertirse, si no se extreman las precauciones, en imperialismo.
Si se revisa cuál ha sido la trayectoria de las manifestaciones literarias de diversas lenguas del mundo 16 , sólo se puede afirmar lo que argüía al inicio de este apartado: la consideración de Europa como un todo. En primer lugar: en todas las manifestaciones literarias europeas, la oralidad se da por supuesta y en ninguna de ellas tiene un gran peso a la hora de valorar la aportación posterior. De hecho, tomemos lenguas vigorosas (el inglés o el francés), lenguas minorizadas (el catalán o el irlandés) o lenguas ya extintas (el córnico), lo primero que nos encontramos (a pesar de que yo no persiga una estricta sucesión cronológica) es un documento escrito en el orden de lo paraliterario (una glosa, un acertijo, una homilia...). Quizá, en algún caso, sean contemporáneas las dos muestras, pero no es lo resaltable, o pueden llegar a ser tan coétaneas que ese segundo salto lo realizan todas a la vez: en torno a los siglos XI a XIII, las literaturas europeas (exceptuando alguna, como la galesa, que se remonta varios siglos atrás) se ponen en marcha bajo las mismas condiciones históricas. Pero las luchas internas quebrarán pronto esta igualdad y todos aquellos territorios privados de su independencia verán repercutir en su lengua autóctona esa derrota. De este modo, el francés o el español verán cómo el salto a la literatura continuará sin tensiones, mientras que el occitano o el bretón se verán reducidos a la condición de “norma literaria” tras haber saboreado las mieles de la normalidad política, social y cultural. Esta pérdida puede ser continuada hasta volver a reemerger como literatura (el caso del catalán sería el paradigmático) o puede conocer fondos más tenebrosos (como el aragonés, en un momento preciso de su historia) sumergiéndose en el terreno de la oralidad literaria17 hasta volver a surgir como norma literaria.
¿Qué ocurre sin embargo con las lenguas no europeas? Que en pocos casos han dado el paso a la escritura hasta la llegada de los europeos a sus territorios. Así, lo que en inglés o ruso es literatura como punto de partida, en fang, zapoteco o samoano es oralidad y sólo con la introducción del alfabeto latino adquirieron ciertos componentes paraliterarios. Ahora bien, en tejidos sociales más complejos, como el náhuatl, o con una rica tradición religiosa detrás, como el hausa (por no hablar de las literaturas asiáticas, únicas comparables a la europea en riqueza y variedad de registros), sí se puede hablar de literatura, pero dentro de un contexto sociocultural ahora recluido en lo minorizado y del que ya no quedan las estructuras fundamentales que le dieron sustento (el México previo a la conquista o las naciones africanas anteriores a la creación de los Estados actuales). Son demasiadas las variables circunstancias históricas de cada lengua como para pretender establecer esquemas precisos e inamovibles, pero la mayor parte de lenguas americanas, africanas y de Oceanía han pasado de la oralidad a la paraliteratura: de los relatos populares a las traducciones de los Testigos de Jehová, por ser claro. Algunas de ellas, con todo, han accedido a una entidad de norma literaria (el zulú, el kikuyu, el xhosa), con lo que ello significa al mismo tiempo de cultivo pero de separación de la lengua de cultura oficial (el inglés en los tres casos mencionados). En el caso particular del náhuatl o del maya, además, las vicisitudes pueden ser mucho más rocambolescas, si bien es lógico que acaben como normas literarias más o menos fuertes.
Por último, el quenya, el sindarin o el klingon, objetos de estudio y de cierto cultivo en la actualidad, han dado el paso desde la intraliteratura (sólo existente en la ficción narrativa o cinematográfica) a la norma literaria, con un grupo de escritores e investigadores reducido pero, como mínimo, llamativo.
Breve conclusión
Concluyo retomando el título de mi artículo, haciendo referencia a ese vacío y a esa literatura a veces semejantes en el desarrollo histórico de cada lengua. Por encima de la aplicación de determinadas categorizaciones conceptuales, se halla un sustrato político; por debajo, la práctica vital de un vehículo de comunicación. En el centro, el riesgo de las demostraciones. Al contrario de los estudios multiculturalistas, la jerarquía.
© Josep Carles Laínez
NOTAS
1 JÜNGER, Ernst, El autor y la escritura, Madrid, Gedisa, 1986, p.12.
2 Por norma literaria (o literary norm, en su lengua original) entiendo las obras literarias escritas en una lengua minorizada. Puede leerse el desarrollo de esta tesis en mi artículo “When Does a Literature Exist?”, aparecido en Interlitteraria, 6 (2001), pp. 96-104.
3 A título de ejemplo, y aunque una antología personal no siempre se corresponda con una elección crítica rigurosa, de los cuarenta y tres poetas que recoge Pablo Antón Marín Estrada en su obra Entesieglos. Los cien meyores poemes de la lliteratura asturiana (Oviedo, Ámbitu, 2001), ninguno de ellos pertenece estrictamente al siglo XIX, y tan sólo son siete los que viven a caballo (y a veces muy estrecho) de ambas centurias.
4 Para un desarrollo de la historia de la literatura en aragonés y de las concepciones sobre esta lengua, puede consultarse el libro de Eduardo Vicente de Vera, El aragonés, Zaragoza, Mira, 1989.
5 Literatura del testimonio sería la escrita en alguna de las variedades dialectales del aragonés dentro de los tres primeros cuartos del siglo XX y aun en la actualidad. Véase mi artículo “Notas ta una periodizazión de a literatura en luenga aragonesa”, in NAGORE LAÍN, Francho, Francho Rodés i Chesús Vázquez, Estudios y rechiras arredol de a luenga aragonesa y de a suya literatura, Osca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1999, pp. 323-330.
6 El número 1 de la tercera etapa de Òc (julio-agosto, 1931) se presentaba como la revista del renacimiento de los países de Òc, es decir, “Auvernha, Gasconha, Lemosin, Lengadòc, Provença, Catalonha, Valéncia, Balearas”, cfr. in VIGUIER, Joan-Loïs, “La revista Òc e la Catalonha de las annadas trenta o detz ans d’illusion lirica”, in Òc, 300 (julio, 1991), p. 97.
7 CAMPROS, Carles, “Europa e Occitania”, in Òc, 1 (III época, julio-agosto, 1931), cfr. in VIGUIER, Joan-Loïs, Op.cit., p. 98. Expesiones similares sobre “los occitans de Catalonha” pueden encontrarse en todo tipo de textos durante estos años.
8 MOORE, Andrew William, “Manx Literature”, in Yn Lioar Manninagh, 1 (1887), pp. 110-115. Otro texto para la historia de la literatura es: THOMSON, R.L. – PILGRIM, A.J., Outline of Manx Language and Literature, St.Judes, Yn Cheshaght Ghailckagh, s.f., en especial pp. 12-18.
9 THOMAS, Edward Harper, Chinook. A History and Dictionary of the Northwest Coast Trade Jargon, Portland, Binfords & Mort, 1935, p.18. Es fuente principal para la historia de la lengua y dispone de una extensa –dentro de lo que cabe– antología de textos.
10 EELLS, Myron, Hymns in the Chinook Jargon Language, Portland, Himes, 1878. Eells dejó un diccionario inédito de la lengua y algunos de sus textos reflejan una sociedad completamente chinook hablante: Having used it [Jargon] for eighteen years, having talked in it, sung in it, prayed and preached in it, translate considerable into it, and thought in it, I thought I knew a little about the language, cf. in SHAW, George C., The Chinook Jargon and How to Use it, Seattle, Rainier, 1909.
11 DOWNEY BARTLETT, Laura B., Chinook-English Songs, Portland, 1912.
12 JACOBS, Melville, “Texts in Chinook Jargon”, in University of Washington Publications in Anthropology, vol. 7 (noviembre, 1936), nº 1, pp.1-17.
13 WINTHROP, Theodore, The Canoe and the Saddle. Adventures among the Northwestern Rivers and Forests, Portland, Binfords & Mort, 1863.
14 GLAVIN, Terry, “Rain Language”, in Essay Magazine (1998).
15 PASCO, Duane, Moola John, novela de aventuras publicada por entregas en la desaparecida revista Tenas Wawa (1994-1997).
16 Algunos ejemplos de lo que estoy afirmando serían los siguientes: francés (paraliteratura → literatura); córnico (paraliteratura → norma literaria); catalán (paraliteratura → literatura → norma literaria → literatura); aragonés (paraliteratura → literatura → norma literaria → oralidad literaria → norma literaria); náhuatl (oralidad → literatura → paraliteratura → oralidad literaria → norma literaria); hawaiano (oralidad → paraliteratura); zulú (oralidad → norma literaria); quenya (intraliteratura → norma literaria).
17 Un caso paradigmático es el del poeta en aragonés Cleto Torrodellas (1868-1939), de quien algunos de sus poemas fueron asumidos como anónimos por la tradición oral ribagorzana.