Errante entre las lenguas. Entrevista de Ramín Jahanbegloo a George Steiner
Las enfermedades del lenguaje
En su artículo sobre Günter Grass que aparece en Lenguaje y silencio, leí que una lengua como la alemana podría haberse contaminado tras pasar por la experiencia nazi.
Todo lo que escribí en Después de Babel tiene que ver con ese problema. Creo que desarrollé en todos sus detalles el modelo del contradecir, de lo contrafactual. La poética de la libertad humana está indisolublemente unida a la mentira, la mentira que nos permite vivir en sus formas más nobles que son la ficción, el poema y la utopía. Escapar al pragmatismo es lo que ofrece la mentira, cuya definición dada por Swift es decir lo que no existe, To say what is not. La mentira está presente en el evangelio, el salmo, la parábola, la obra de Dante o el poema de Celan, pero también en la publicidad que invade nuestra vida, en la propaganda política, en la pornografía. Su gama está tan extendida como el mismo decir humano. Leyendo el cuarto libro de Gulliver, se comprende que sólo los caballos sagrados, utopía postrera y satírica, no puedan mentir. Porque ser hombre es decir al otro lo que no existe.
Seguro que usted recuerda un artículo de Octavio Paz que trata de las enfermedades del lenguaje. Aunque su campo de investigación sea América latina, quizá puede realizarse un acercamiento a su punto de vista.
Octavio Paz es un gran poeta que se ha dedicado, como Roger Caillois, al estudio del mito, enriqueciéndolo con su conocimiento de Oriente y de la literatura francesa. Acabo de terminar la lectura de las Gifford lectures. Se trata de conferencias de filosofía anglosajona pero donde no anglicistas, como Gilson y Bergson, también participaron. Pues bien, he intentado comprender la distinción entre el verbo “crear” y el verbo “inventar”. Retomo aquí el problema que usted ha mencionado. La cuestión es saber por qué la lengua inglesa admite la expresión “Dios crea el universo” y excluye la frase “Dios inventa el universo”. Nadie hasta el momento se ha ocupado de este problema. Sucede que algunas teorías de la ficción se asemejan y se estudian las polaridades que existen entre estos dos verbos. Dostoyevski, mucho antes que yo, afirmó que somos hombres libres porque nos es posible decir no a la realidad. Dos y dos son cinco. Si se me niega el derecho de enunciar esta proposición, se me reduce al estado de una cochinilla que sólo puede pensar al abrigo de las tautologías y de sus definiciones absurdas. He aquí la filosofía de Chestov, que vuelve a aparecer en escena. Las grandes cosas duermen un poco antes de salir del purgatorio. Actualmente, hemos descubierto a un pensador y poeta extraordinario, Benjamin Fondane, discípulo de Chestov, que ha dado a conocer a su maestro. Le predigo que a través de Levinas, Philonenko y Chestov, el infinito del señor Sollers va a llamar a nuestra puerta. Lo que hay en nosotros de afinidades con Job y Kierkegaard nos va a revelar hasta qué punto la libertad trágica del hombre viene del contradecir y de lo contrafactual. La genialidad de Borges consistió en situar sus relatos más hermosos en otros universos que, sin embargo, puedo alcanzar por mí mismo, suponiendo que pudiera abrir un mundo en consideración a lo posible de lo hipotético.
Hölderlin y el lenguaje
Paso ahora a sus Antígonas. ¿Se puede hablar de ellas respecto a Hölderlin?
Tres conjuntos de factores marcan la importancia de Hölderlin: los problemas de traducción, el país alemán y Heidegger. Por lo que respecta a la traducción, Hölderlin, de quien se habla poco –igual que se ignora que Píndaro es anterior a Sófocles– llevó sus experiencias de traducción hasta el límite de la interpretación metamórfica de transmutación de los valores. Así nace la teoría hölderliniana según la cual la traducción debe aproximarse lo máximo que pueda al extrañamiento. Walter Benjamin afirma que el Sófocles de Hölderlin es el fundamento de toda traducción, es decir, de la interlinealidad del texto entre las líneas de la tercera lengua que subtiende a dos lenguas, la lengua origen y la la lengua destino. Hace algunos años, tras más de diecisiete de trabajo, publiqué una reedición de Después de Babel. La editorial de Oxford quiso que mi libro saliera encuadernado en cartoné, lo que me honró y halagó. Después de Babel se ha convertido en un clásico en el campo de la traducción y ha originado numerosos debates y críticas. Hölderlin representa el símbolo de una apropiación del texto original en profundidad. Es la práctica de todos los estadios de incursión hacia la locura los que hacen de él al traductor que se conoce. Benjamin tuvo una visión mágica cuando sugirió que las puertas de las lenguas se cierran detrás del traductor; al mostrar tanta audacia en la apropiación de la interzona entre las lenguas, no pudo volver a entrar en sí mismo. En segundo lugar, puede examinarse los vínculos que unieron a Hölderlin con Grecia. Europa siempre ha conocido relaciones confusas con la Grecia antigua. Hölderlin era el más helenizado y el más alemán de los poetas. Atraído por estos dos polos culturales, reinventó Grecia. El Dionisos de Nietzsche viene de Hölderlin. Y el compromiso de Martin Heidegger se hunde, pues tanto los alemanes como los nazis lo rechazan. Es así como, en tercer lugar, aparece el memorándum. Intenté hallar el nombre de un hombre genial que formó parte de la Gestapo cuando ésta se encontraba en sus inicios. Hace uno o dos años salió de la sombra un memorándum escrito en 1934, en el cuartel general de la Gestapo de Berlín, en el que constaban las actividades de Heidegger cuando dimitió como rector. Se le preguntó quién era y lo que podía valer un hombre que practicaba el nazismo de manera solitaria, es decir, nada. La genialidad consistió en darse cuenta en 1934. El nazismo de Heidegger es idiosincrático, idioléctico; era nazi mucho antes de que Hitler y esta ideología fascista comprendiese una mística de la tierra. Rechazó el biologismo como la última de las vulgaridades, su concepción del nazismo estaba originado por un nacional-socialismo platónico. Una inteligencia así es de una agudeza que corta el aliento. Me pregunto quién era este oficial de la Gestapo que resumió la posición política de Heidegger en una frase lapidaria invirtiendo el “bon à rien” (“bueno para nada”) en “bon Aryen” (buen ario). Cuando se viene abajo el sueño megalómano de Heidegger de ser el Platón del nuevo Reich, de ser el Führer del espíritu –pues, como profesor universitario, tenía todas las vanidades de su profesión, entre las cuales ser un mandarín–, se vuelve hacia Hölderlin y comienza, por la ininteligibilidad de un poeta, el largo camino que le llevará hasta las fuentes del ser. Hölderlin fue para él una lectura tan indispensable como la práctica de René Char que ejerció hasta el día de su muerte. Ve en Hölderlin lo que ningún filósofo puede alcanzar, es decir, una experiencia inmediata del logos, un desvelamiento de la verdad operado por un acercamiento al misterio del ser. Treinta años de exégesis de una obra poética por un filósofo es, pues, una de las razones históricas por las cuales siento un interés absoluto por Hölderlin.
“Heidegger impone a Hölderlin una vena de misticismo nacionalista que encuentra pocos fundamentos en el poema en sí”. ¿No puede ser criticable esta afirmación suya?
La hice refiriéndome a la exégesis de los poemas titulados “El Rhin” y “Baco”. Los trabajos muestran que el texto de Hölderlin sufrió una distorsión total y que él no se vanagloriaba de los méritos del nacionalismo soabo. Se ponía en el macuto del soldado alemán un breviario de Hölderlin y otro de Nietzsche, así como ciertos comentarios ultranacionalistas de Heidegger. Estas lecturas son tan falsas como una buena cantidad de lecturas presocráticas. Aunque no soy ni por asomo deconstruccionista, pienso que hay falsas lecturas, que se ha ejercido cierta violencia contra el vocabulario y la sintaxis del poema.
¿No hay cierta ingenuidad lingüística en Heidegger, aun siendo él mismo un maestro del lenguaje, cuando se siente fascinado por el lenguaje de Hitler?
No conozco ningún texto que estudie el lenguaje de Hitler. Una observación de Heidegger a Jaspers me parece grave: “Hitler tiene unas manos muy bellas”. Aparentemente, las manos de Hitler eran lo suficientemente femeninas como para haber sido observadas también por otras personas. Heidegger no dijo nunca ni una palabra sobre Mein Kampf. Jamás estudió los discursos de Hitler cuando hubiese sido muy interesante saber lo que significaba ese bramido genial. No hay ni un solo nazi que haya leído ni una página de Ser y tiempo y que la haya comprendido. No fue el estilo de Hitler ni sus discursos los que acercaron a Heidegger al nazismo.
¿Ni siquiera cuando afirma “El Führer es la única encarnación y la única encarnación futura de la nación alemana”?
Esta afirmación era exacta en el momento en que Heidegger la formuló, cuando deseaba ser él mismo el Führer espiritual de Alemania, cosa que, en 1933, era una hipótesis verosímil. En un artículo titulado “Heidegger again”, intenté demostrar que aparecieron seis “ladrillos” entre 1919 y 1934 de una violencia estilística inusitada. Se trataba del gran libro judío de Rosenzweig, La estrella de la redención, El espíritu de la utopía de Ernst Bloch, Sein und Zeit, Mein Kampf y La decadencia de Occidente de Spengler. Estas obras llevan el lenguaje a los confines de la violencia, hasta los extremos del absoluto que son dos dramas lingüísticos, pues ponen en escena una tragedia apocalíptica. Cada uno de estos libros es prácticamente un Leviatán de lo insólito, semejantes a montañas graníticas que surgieran de una tierra volcánica en ebullición, derramando magma y llamas de improviso. Cuando Barth dice que Dios es el que dice no al mundo, se puede pensar que se trata de una frase heideggeriana. Cuando Bloch, Rosenzweig y Spengler hablan de la hipóstasis pura de la aurora, reaccionan contra el colapso de 1918, contra el hundimiento del Imperio y de la cultura alemana. Alemania no se volvió a recuperar hasta la caída del muro de Berlín, habiendo sido la Segunda Guerra Mundial tan sólo un episodio acaecido tras la derrota de 1918. En 1948, Alemania, de nuevo próspera, poseía la moneda más estable de Europa. Una sucesión de hechos se estableció, in extremis, en la noche del 9 de noviembre de 1989, hechos que marcaron el verdadero comienzo de una revolución en la Europa oriental, hasta la escritura de estos libros que hacen hincapié en una particularidad de la lengua alemana. En Spengler, es el fin, en Bloch, Rosenzweig y Hitler es la ascensión del sol, la Aurora, mientras que Barth subraya la desaparición de Dios, harto del hombre. Estos libros son una constelación de agujeros negros que ingieren la materia y degluten la substancia de la lengua.
¿Habría caído Alemania en la trampa de su propia lengua?
Quizá no se trataba de una trampa. Alemania es ahora más fuerte que nunca y dominará al resto de Europa. ¿De dónde le viene esta energía demoniaca? ¿De dónde viene el taedium vitae de Inglaterra, el triste aburrimiento? ¿De dónde viene el espíritu parasitario de la cultura francesa, nota liminar del pensamiento alemán? ¿De dónde viene nuestra fatiga, mientras que al otro lado del Rhin la Alemania oriental será, en diez años, una gran potencia económica? Los japoneses estiman el tiempo de esta reconstrucción en una docena de años, y no durará mucho más. Es el fénix que se alimenta de las cenizas de Auschwitz, un pájaro comedor de cenizas.
¿Y piensa que esto seguirá así?
Es evidente que la reactivación dará sus frutos. En 1988, nadie se hubiera podido imaginar que Alemania se extendería desde Estrasburgo hasta Oder-Neisser y que Berlín sería la capital de Europa.
Siendo sincero, yo entro en esa categoría. Pero cuando usted dice que es un superviviente, se muestra muy pesimista con respecto a las generaciones futuras.
Me gustaría que citara la imagen de los “agujeros negros”, pues parece que su energía es hasta tal punto inimaginable que pueden devorar la materia y la luz que les rodea. Su densidad y su radiación son infinitamente más poderosos que los rayos visibles. Nos equivocábamos al no leer Mein Kampf. ¿De qué habla Mein Kampf? De las cosas más poderosas del mundo: la idea y la palabra. Se le habría debido prestar más atención, sobre todo porque se revelaron exactas. Es la razón por la cual construí mi novela en torno a una imagen muy sencilla, una muy mala foto de amateur que hice sacar de unos archivos que databan de comienzos del año 1920. En ella, se ve, al borde de una acera, a un hombre cuyo aspecto es el de un mendigo, en Münich; va vestido con un viejo impermeable raído y sucio y lleva también un sombrero roto. Sus bramidos son los de un borracho. Las personas pasan por delante de él. Llueve y la gente pasa. Es la primera foto conservada de Adolf Hitler, apostrofando su mundo en la esquina de una calle. Dos años después, diez personas se pararon, después diez mil, más tarde diez millones. No había ni armas ni dinero, sólo una lengua. Nos advirtió: la idea y la palabra son mucho más peligrosas que cualquier otra cosa. Según los historiadores, nueve testigos asistieron a la crucifixión de Jesucristo. Al cabo de unos años, había más. La palabra constituye la fuerza de una nación. Es la materia y la antimateria, la colisión y la destrucción. La Cábala nos enseña que no debemos pronunciar jamás el nombre de Dios, pues Dios se haría presente entre nosotros. El vocabulario inglés oculta otra palabra –que el francés ignora– unsaid, es decir, “in-dicho”, participio de un verbo, “in-decir”, que no existe. En mi novela, especulo sobre la certeza de que Hitler conocía esta palabra.
Volviendo a Hölderlin, usted dice que Antígona es un documento teológico y político.
Exactamente. Doy la explicación en Antígonas y en Después de Babel. Le debo a Walter Benjamin haber comprendido la importancia de Hölderlin, como expone en su Ensayo sobre la traducción, texto básico en el pensamiento moderno. Actualmente, estoy trabajando sobre las traducciones de Celan. Es uno de los más grandes traductores en la historia del pensamiento, de Ungaretti a Valéry, de Rimbaud a Montale, sin olvidar su Shakespeare, que es incomparable. En la actualidad, la amenaza viene de Babel, del angloamericano que se vierte sobre el planeta entero en forma de esperanto comercial y las cuestiones de traducción han pasado a ser cruciales, englobando a la política, la ideología y la metafísica. De todos mis libros, Después de Babel muestra lo que puede ser una política larvada y debo mucho a Hölderlin.
Después de Babel
Vayamos ahora a su trabajo en esta obra, que se halla en relación con los artículos recogidos en Extraterritorial y sus debates contra Chomsky
Creo haber escrito en Después de Babel una idea central y espero que sea refutada. Los lingüistas que estudian la historia diacrónica y los antropolingüistas estiman que en la breve historia del hombre, probablemente ha habido sobre la Tierra veinte mil lenguas. Hace cien años las estimaciones eran de diez mil, mientras que hoy varían en torno a las cinco mil, habida cuenta que cada año desaparece un gran número de ellas, sin hablar de dialectos. Hablo de lenguas que son respectivamente incomprensibles y que tienen una autonomía perfecta. En este caso, cómo se puede explicar esa plétora absolutamente absurda de separaciones, de culturas autistas que mueren en el aislamiento debido a lenguas convertidas en inaccesibles, plétora que tiene consecuencias trágicas tanto económicas como políticas. He propuesto la hipótesis según la cual, siendo todas las lenguas medios de reconstitución del mundo, siendo ventanas abiertas a la existencia, representan, por su multiplicidad darwiniana, tanto posibilidades de decir no a la muerte, al sufrimiento, a las carencias económicas como a todos los parámetros de coerción biosomática y social. Toda lengua es un acto de libertad que permite sobrevivir al hombre. Su multiplicación, parecida a la de las veintiocho mil especies de mariposas de una isla de las Filipinas, es como un lío, un despilfarro, una plétora insensata. Por el contrario, al realizar cada lengua una formidable economía de libertad, el hombre gana un paso sobre la inexorabilidad de su condición de mortal, así como sobre sus términos económicos y biológicos. La vertiginosa complejidad de las lenguas es una riqueza compensadora para los países o las regiones más depauperadas del mundo en el Kalahari, en los desiertos australianos o en ciertas tribus de Borneo, donde la economía es muy débil. Poder emplear veintiocho formas de subjuntivo constituye una reserva inagotable de sueños y de posibilidades de extraterritorialidad en relación al estado actual de nuestro mundo. Es una hipótesis susceptible de ser examinada y que merecería ser respondida, cosa que no puede hacerse en esta época en que Chomsky imprime a la lingüística tendencias transformacionales y generatrices con toda la ortodoxia. Usted y yo hemos publicado entrevistas expresando nuestro profundo desacuerdo, entrevistas que no carecen de interés. Yo trabajo con lo que Blake llamaba “lo sagrado de lo particular”, mientras que Chomsky utiliza un esquema abstracto de universalidad en el cual no creo, pues no ha dado, hasta el momento, ningún resultado. Ahora bien, es este esquema que ha trasladado a los lingüistas el que ha explotado con demasiada confianza la lingüística académica y profesional. Esta forma se halla al otro extremo de la metafísica y no solamente de la técnica. Por mi parte, estoy del lado de Sapir y Whorf, del lado del Cratilo de Platón y pienso que todos los escritores y poetas con quienes trato son cratilianos. Ahora bien, Chomsky y Saussure afirman que la lengua es un sistema profundamente abstracto. Esta afirmación no me dice nada sobre la lengua natural, ni sobre la poesía, que a mi parecer es la prueba de la ineficacia de estas teorías, que parece que salgan de una musicología concebida para uso y disfrute de los sordos –y no bromeo. El álgebra formal de los códigos musicales no corresponde en absoluto a la experiencia musical. En Después de Babel intenté situar el problema de la traducción en el centro de la experiencia lingüística de la vida cotidiana de los hombres y las mujeres.
Otro punto de desencuentro con Chomsky está en la relación entre las ciencias y la lengua
No creo que haya una ciencia del lenguaje. Hay un abuso terrible de la palabra ciencia y de la palabra teoría. Quizá hay teorías en astronomía, en biología y en matemáticas, aunque algunos, como Feyerabend y Rorty no estén enteramente convencidos. Esta noción de “teoría” es actualmente abusiva incluso en lo que respecta a las ciencias exactas, que no son de mi incumbencia. En las ciencias humanas, hay impresiones y narraciones. En mi opinión, una teoría es un discurso narrativo que puede comprender, englobar, imbricar en su narración una fenomenología de lo actual.
Otro punto de su discrepancia es la traducción, idea axial en Después de Babel.
El lenguaje transformacional chomskiano no tiene para mí gran interés. Estar sentado a una mesa y hablarle es ya un acto de traducción muy complejo. Llegará el día en que nos enfrentemos a una crisis psicológica considerable: reinará el monolingüismo sobre un planeta que sufrirá la dominación económica del angloamericano, llamado ya “el esperanto del comercio”. Actualmente es el inglés lo que utiliza el piloto de avión coreano cuando se dirige a la torre de control de un aeropuerto griego. Es algo que se semeja extrañamente a la desaparición de los climas, de las especies animales o de la flora, verdadera masacre de la diversidad maravillosa de este planeta y de sus condiciones de existencia. Podría ser que, por ironía de la historia, la visión de Chomsky no fuera la de la anarquía y la extrema izquierda, sino la de una visión del gran capital lingüístico, del monopolio y del poder de una sola lengua. Un mundo de universalidad chomskiana sería el mundo de un patois angloamericano.
Usted afirma que la idea de traducción no es una victoria, sino una necesidad perpetua.
Sin esta necesidad, como dijo Goethe, estaríamos en silencio en las parroquias del silencio. Con la reedición de Después de Babel, noto que esta crisis se agrava peligrosamente. Una obra escrita en angloamericano es una obra que cada vez se traduce menos. En cambio, si se trata de un best-seller, será leída directamente en ese patois en todos los lugares del mundo. Una novela escrita en una lengua de las llamadas “minoritarias”, como el noruego, el holandés, el indonesio, el turco, es traducida al angloamericano. Siento una emoción casi física, me pone enfermo la idea de mirar los escaparates de Milán, Amsterdam o Copenhague, donde se exponen los best-sellers angloamericanos y ver relegados a un rincón oscuro los libros escritos en las lenguas naturales de ese país, lenguas que constituyen sin embargo su patrimonio. Este fenómeno apareció con una gran rapidez y pronto se extenderá a la antigua Unión Soviética y a China.
Esta cuestión participa de los valores universales por un lado y, por otro, de la relatividad, la multiplicidad de todas las estructuras.
Este fenómeno es signo de la esperanza de una comunicación. Algunos de mis detractores me dirían que la paz y la entente recíproca llegarán con el uso de esa jerigonza universal mientras que mi pasión por lo minoritario conducirá al desorden, a la anarquía y a la incomprensión mutuas. Es un argumento importante. Es maravilloso que un piloto de avión no necesite más que una lengua para pedir ayuda y que así cualquier persona apostada ante una emisora de radio lo comprenda al utilizar el angloamericano. Es cierto que este mismo patois, lengua en la cual se nombran los medicamentos, es útil al médico a fin de asistir a alguien con un síncope en una calle del Turquestán. Constato que hay ventajas, pero ante todo soy filósofo y pensador y leo poesía por el día y por la noche. Siendo así, no puede tratarse a mi parecer de un ideal cualquiera.Una lengua aún por conocer me parece uno de los mayores dones que puede ofrecernos el destino susurrándonos al oído: “Te doy un nuevo cosmos, un nuevo mundo. Abre las manos, intenta entrar”.
Pero el hecho de comprender, de participar mejor en los valores universales puede protegernos de la ortodoxia y del fanatismo.
Lo dudo mucho. El universalismo no aporta ningún valor de tolerancia o de ayuda. Viene con su propio dogma. El supermercado no quiere productos locales, pone en cajas una cultura capitalista de exportación que sufrirá el mundo entero.
Pero los Derechos Humanos son valores universales...
Sí, pero en el más bajo denominador común de las necesidades económicas y materiales. Me gustan las lenguas secretas porque contienen grandes verdades. Cuando una lengua se extingue, igual que una especie animal o vegetal, adviene lo irreparable. Se extingue igualmente esa posibilidad ontológica “de ser”.
Usted habla en Después de Babel de una idea de traducción total, ¿qué entiende por esto? Está también la idea muy interesante que se halla en el origen de la traducción, idea según la cual habría en la historia moderna un error, una falsa lectura.
Es una cuestión de detalle. No puede haber traducción total, ni siquiera en el interior de una misma lengua. En una de sus parábolas, Borges crea el personaje de Pierre Menard y muestra que la retranscripción palabra a palabra, en 1937, de la novela de Cervantes hace aparecer una novela nueva y diferente. Kierkegaard explica en La repetición que no se puede repetir las mismas palabras. Si yo repito rápidamente dos veces la misma frase, la segunda vez no es la misma que la primera; pertenece a un tiempo diferente y la segunda sólo puede sucederle. Una traducción es siempre parcial y fragmentaria.
¿Recuerda la idea de una traducción perezosa? La imagen de la torre de Babel está presente en todas las mitologías.
Arno Borst ha escrito un libro en cinco gruesos volúmenes donde recorre la pertenencia del fenómeno de la torre de Babel en las mitologías. Lévi-Strauss también analiza este fenómeno en las culturas amerindias: toma la forma de una serpiente despedazada incapaz de unir sus extremidades. Se dice que todas las culturas guardan el recuerdo mítico de un desastre que provocó la división de las lenguas. Ahora bien, y según mi parecer, esta disparidad no es una catástrofe; más bien al contrario, una oportunida casi darwiniana. Cada cultura encierra el sueño según el cual, no ha mucho, bastaba una sola lengua en un paraíso y una Arcadia primordial mientras que hoy nadie se entiende ya. Una de las más bellas parábolas de Kafka es haber imaginado la torre como un abismo. Se cavó un agujero para construir la torre de Babel y esto provocó una catástrofe. ¿Cuál es el secreto de ese castigo hacia esa arrogancia secreta? ¿Qué iban a hacer en la cima de esa torre? El Génesis enseña que era una manera de librar una batalla contra el cielo divino. Pero la torre era demasiado alta. Me agrada pensar que llegará el día en que se construya un rascacielos que sobrepase la altura del Empire State Building, de lo que resultará su caída por culpa de una hubrys última, un hombre presuntuoso queriendo asaltar los cielos. Se trata, en el contexto babilónico del cielo de Ourat, un observatorio astronómico donde se intenta descifrar los secretos de los movimientos de los planetas. Los dioses castigan esta audacia, pues, ese secreto les pertenece en propiedad y arrojan al hombre a la riquísima plétora de las lenguas. Esta imagen magnética de la destrucción de la torre de Babel y de la diseminación practicada por Derrida, el deshilachado, la desagregación hasta el infinito de todas las lenguas, me persiguen hasta el punto de que he intentado descifrar su simbolismo. Sin embargo, es para mí una caza sin fin, una bendición que se disfraza bajo el dicho: “Vivid vuestro mundo, construidlo con vuestra palabra”. Se ha de cambiar, se ha de dar una oportunidad a esta alternativa. Soy una persona que pasa demasiado tiempo en los aeropuertos, en ellos hay una lengua propia, el angloamericano particular, que fue objeto de una tesis doctoral. En ella se mostró cómo van desapareciendo las lenguas locales, pues en nada difiere el aeropuerto de un poblacho sahariano del de Hong Kong. Ambos se toman en un envoltorio lingüístico uniformizado, que tiene ciertos criterios de venta, de publicidad o de confort. Se han hecho ya estudios, como digo, sobre ese jabón, ese detergente industrial que es la lengua del aeropuerto. Llegará el día en que el planeta sea un gigantesco aeropuerto que difunda por los altavoces una música y palabras angloamericanas. Y será así como los hombres enraízados en su cultura olviden la identidad misma de sus recuerdos.
La uniformización del lenguaje
¿En qué está influenciada nuestra escritura actual por estos problemas de lengua?
El periodismo es sin duda universal. Nos acercamos cada vez más a un mundo en el que los satélites difundirán un periódico sin interrupción temporal. Sus ediciones sólo serán aproximativamente locales, sean asiáticas, australianas o africanas. La lengua neutra, la misma lengua, la lengua de la informática política y publicitaria estará presente en nuestro televisor veinticuatro de las veinticuatro horas. El hombre que escribe a mano escribe su lengua. La escritura a mano define solamente el espíritu de quien escribe. Parecería que se hubiera de ser un detective de Scotland Yard para comprender que una máquina de escribir permite tener una escritura que continúe siendo propia: el tratamiento de texto de un ordenador firma el parte de defunción de la escritura.
Roland Barthes diferenciaba la escritura y la escribancia diciendo que la escribancia es el estilo del que utiliza la escritura como un instrumento. ¿Piensa usted que se utiliza cada vez más el lenguaje como un mero instrumento?
Desde luego. La instrumentalización ha pasado a ser frecuente. Sin embargo subsisten en los grandes poetas el esoterismo y el hermetismo. No se puede entender ni una palabra de Char o de Celan sin saber que en el hermetismo de su poesía, en el rechazo al acceso inmediato, tiene lugar la lucha desesperada para que la escritura siga siendo escritura. Mandelstamm es un ejemplo del cierre de las puertas en el campo de la gran poesía moderna, cierre que reafirma los valores del acto de decir o de escribir y de su autonomía. El esoterismo que se acercaría al modernismo es una reacción necesaria e inevitable a la uniformización, a la erosión de la diferencia en el lenguaje cotidiano.
¿Hasta cuándo podrán protegerse de la uniformización estos poetas?
Mallarmé y Valéry han sido preservados hasta la actualidad, pero necesitaremos siglos para comprender a Char y a Celan. Si se defienden tan bien, es porque quienes pretender entrar en la morada de su decir sólo serán una ínfima minoría. Podría replicarme que ha habido momentos privilegiados en Occidente, o que grandes escritores como Dickens, Victor Hugo, Balzac o Tennyson veían que las tiradas de sus libros se acercaban a cientos de miles de ejemplares. Y esta excelencia literaria era accesible a todos los lectores posibles. Este breve momento de gracia sólo existió entre 1815 y 1900, representando una suerte de armisticio fuera de lo común entre el genio literario y las condiciones económicas y técnicas de Occidente. No creo que un momento así pueda suceder de nuevo, pues como toda grande poesía y todo pensamiento profundo, ha sido impresa con una gran fragilidad, sosteniéndose sólo de un hilo.
Un poeta o un escritor que hoy desee preservarse para guardar este hermetismo, ¿no debería evitar estar en contacto directo con los medios de comunicación?
Sin duda alguna. Es el riesgo que hay que correr para no perderse. Los grandes no tienen ningún contacto con los mass-media, que les repugnan. Se encierran en ellos mismos y no conceden ninguna entrevista, cosa que ha sucedido siempre. El gran poeta es por definición un autista, un aislado que lleva en sí su enfermedad como si estuviera enfermo de sida. Ha habido excepciones, claro. Haciendo una excepción a la regla, es decir, al sistema despótico y a la censura que reinaron en la URSS, poetas, líderes de la resistencia, podían llenar estadios de fútbol sólo con oyentes que deseaban oírles leer. Evtuchenko, por ejemplo, era un lector tan bueno que pertenecía a esa raza de pensadores que ponen en escena su propio genio y dan una dramaturgia tal de su filosofía que la recepción de su obra es del orden de lo excepcional. Excepcional, pues tales encuentros son muy raros, resultan del accidente de la personalidad. Los grandes pensadores y los grandes filósofos son también grandes solitarios.
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